Sudamérica—28.11.2022

05. Saltos

Sin habérmelo propuesto, resulta que he encontrado un hilo conductor a mi proyecto viajero: pasar de largo los saltos de agua más importantes del mundo. A la lista, inaugurada con las cataratas Victoria, se acaban de sumar las de Iguazú, quizás las más espectaculares de la tierra.

Estrictamente no se encuentran en territorio paraguayo, pero es una visita obligada si andas por el departamento de Alto Paraná, donde me encuentro en el momento de escribir estas líneas.

Esta omisión, probablemente incomprensible de por sí, es quizás más grave si se pone en el contexto de la oferta turística del país. No son pocas las veces en las que un paraguayo me pregunta por qué me he decidido por empezar el viaje en este lugar, cuando, según ellos «aquí no hay nada que ver».

Seguramente esta afirmación se deba a la falta de atracciones de relumbrón y fama mundial. Pero no acabo de estar de acuerdo con ella. No quisiera cometer la osadía de tratar de descubrir a un autóctono su propio país, líbreme diosito, pero para ser justos habría que preguntar primero qué es lo que quiere ver el visitante.

Tal vez son los ojos primerizos de un novato en el continente o la visión de alguien impresionable, pero a mí me parece que allá donde miro hay algo interesante. Un río monstruoso, una vegetación exuberante, un pájaro exótico o una parrilla humeante.

Lo cierto es que entre Encarnación y Ciudad del Este he visitado algunos saltos menores, de los muchos que hay. Curiosamente, según avanzaba hacia el norte, cada uno de los que visitaba era más grande y más famoso que el anterior.

Eso implica que van pasando de ser de libre acceso a tener que pagar por la visita importes igualmente crecientes. También el número de visitantes aumenta. Mientras que en los primeros estaba solo y entré libremente, en el salto Monday (acentúese la y) elegida atracción turística más popular en 2017, hay bastantes visitantes y el precio de la entrada, con su ticket, su torno y su paso obligado por la tienda de regalos, ya es considerable si eres extranjero.

Junto a la catarata, en ubicaciones privilegiadas, hay un restaurante y un bar. Desde la terraza del bar se puede tomar un ascensor, previo pago, desde el que se tiene una panorámica desde la parte baja del salto.

También están construyendo una pasarela que cruza el río sobre el borde de la catarata, de momento, unos bonitos pilares de hormigón, con sus estructuras de acero saliendo por la parte de arriba, forman parte del paisaje. Unas lonas, colocadas para tapar los lugares donde se está trabajando, también impiden ver parte del río mientras que los mensajes impresos en ellas te instan a consumir en los establecimientos.

Por otro lado, en el salto Ñacunday (acentúese la y, otra vez), dentro de un parque nacional, también hay que pagar una entrada, esta vez simbólica. Se llega caminando por unos senderos entre la maleza y en el momento en el que lo visité, no había nadie más. Los forestales, además, me permitieron acampar en sus instalaciones y usar su baño.

En mi experiencia, Ñacunday está en el equilibrio justo de la espectacularidad de una catarata de tamaño considerable, lo suficientemente acondicionada para poder llegar hasta ella sin ser un explorador, pero sin intervenciones invasivas ni añadidos innecesarios.

Es indiscutible que las del Iguazú deben de ser un espectáculo grandioso, sin duda. No quiero decir que, por haber visto tal o cual lugar ya haya cubierto el cupo de atracciones naturales a visitar y que por eso pueda obviar sin rubor las cataratas mundialmente conocidas.

Quizás es que me conforme con poco. Por ejemplo, el arco que ha descrito hace un rato mi chorro de pis, cayendo desde lo alto del muelle del Parque Ito sobre el espejo titilante de la superficie del lago Yguazú, me parece un espectáculo impagable. Una experiencia 360°, inmersiva, interactiva y multisensorial.

El río Paraná pasando por Nueva Alborada

Paraguay es un excelente destino turístico precisamente porque no lo es. Otros opinan que también es un buen lugar en el que instalarse para construirse aquí una vida.

Un ejemplo de este caso es la familia Zumsteg. Tenía una cita con ellos pendiente desde San Ignacio para cuando llegase a Encarnación. Por fin, semanas después, nos encontramos en la playa de San José.

Mientras el sol va cayendo, coloreando todo de colores rosas y naranjas, Hilda y Paco (los padres) y María y Diego (los hijos), me cuentan su historia y cómo hace algo más de un año llegaron a parar aquí.

La familia ya tiene una trayectoria migratoria internacional. Obligatoriamente, porque se trata de una unión hispano suiza y han vivido en los dos países antes de venir, todos juntos, a este continente.

Al llegar aquí heredaron el negocio panadero de unos alemanes. Así que dos días a la semana, la cocina familiar se convierte en un obrador en el que cada miembro tiene su función para sacar adelante la producción de pan, dulces y lácteos que luego venden en un mercado a clientela también internacional.

Generosamente, me invitan a pasar con ellos el siguiente viernes, día grande de producción en el obrador casero. Así que allí me planto. A base de utensilios domésticos y un horno de convección recién estrenado, la cocina se va llenando poco a poco de distintos tipos de pan, galletas, olores y calores.

Cada vez que veo una panadería de este tipo me gusta más el modelo. En este caso, con la participación de toda la familia, desde fuera se ve casi idílico.

La jornada se alarga hasta entrada la noche. Me tocan unos 30 minutos de conducción nocturna hasta llegar a casa. Del Hospedaje González me he mudado a un camping que se encuentra en dirección a Trinidad.

La vieja máquina de Wolfgang

Pasé por delante cuando iba a visitar las ruinas jesuíticas y al pararme a curiosear, Wolfgang, el propietario, me ganó en 5 minutos.

Él también representa uno de esos casos de europeos que eligen establecerse en Paraguay. Wolfgang, es un bávaro imponente y risueño. Llegó a principios de los años 80 en un viaje de vacaciones del que nunca regresó.

Le costó poco decidirse a trasladar aquí su negocio maderero. Con el tiempo, en la parte de su terreno que no estaba ocupada por galpones y naves, construyó varias cabañas, quinchos y una piscina, y acabó por pasarse a la hostelería.

La nave principal parece que hubiese parado su actividad de un día para otro y haya quedado congelada en el tiempo bajo una capa de polvo. Aunque las viejas máquinas funcionan como si no hubiese pasado nada.

A sus 70 y pico años, Wolfgang ya solo trabaja con la madera por placer o para hacer alguna reparación o mejora, pero como no sabe estarse quieto, tiene otras ocupaciones, como preparar panes de centeno, su propia cerveza y un paté de cerdo bien carnoso y condimentado.

Además de hacer negocios, aprender a hablar español y guaraní, también se casó con una paraguaya. Cuando llegó al lugar, Dina en seguida tuvo que tomar cartas en el asunto y darle a aquello «un toque femenino» que parecía estar necesitando con urgencia.

Como buena paraguaya, Dina está siempre dispuesta a sentarse un rato para conversar sobre lo que sea. Me cuenta que empezaron su relación siendo ya mayores y que no todos los miembros de su familia la aceptaron de entrada.

Por la parte alemana también había algo de recelo. Aunque al final todos han tenido que convenir en que ambos están mejor el uno junto al otro.

Se conocieron en un Oktoberfest paraguayo que se celebra en una de las colonias alemanas próxima, Hohenau, fundada en el año 1900 cuando los primeros colonos, que buscaban tierras que trabajar, encontraron su oportunidad en un país que trataba de recuperarse, mediante políticas migratorias abiertas, de los efectos devastadores que la Guerra de la Triple Alianza había provocado en la población.

Dina tiene algo que decir sobre eso. Según ella, «los alemanes quieren vivir acá como lo hacen allá». Cosa que no es posible, aunque a fe que lo intentan. Aunque quizás Dina se refiera más bien a la nueva hornada de inmigrantes germanos.

En una de las cabañas lleva instalada hace un mes una familia venida de Alemania. Están aquí alojados mientras encuentran un terreno que comprar donde construir su casa.

Viktor e Irina son de origen ruso, pero sus familias emigraron a Alemania cuando ambos eran niños. Ahora, son ellos los que han traído a Maksim y Valentin, de 5 y 2 años, a un nuevo país.

Son una familia más de las que han ido llegando a raíz de la pandemia. Restricciones, vacunas, falta de libertad o el coste de la vida son algunos de los motivos que les llevan a salir de la avanzada Europa.

Paraguay, donde los trámites para obtener la residencia son asumibles, el sistema tributario relajado y el estilo de vida sencillo, se convierte en la respuesta a sus inquietudes sobre el futuro. El euro también brilla mucho más aquí.

Aunque Irina no parece muy convencida con la decisión. Probablemente necesite algo de tiempo para adaptarse al cambio y todavía sufra un poco de choque cultural. Tampoco está muy cómoda en las reuniones germánicas. Dice que se oyen opiniones trasnochadas (inaceptables según dónde) expresadas alegremente.

Seguro que cuando terminen de construir una casa a su gusto se sentirá un poco mejor. De momento echa de menos la que dejaron en Europa.

Asado con palillos

El siguiente destino vuelve a ser, casualmente, una colonia. Japonesa en esta ocasión, Colonia Yguazú. Allí me alojo en el Parque Ito, propiedad del Sr. Ito. Paraguayo de primera generación y origen japonés.

Su padre perteneció a la oleada de inmigración japonesa que llegó a Paraguay tras la Segunda Guerra Mundial. El país abrió sus fronteras a países devastados por el conflicto. El Sr. Ito senior, prosperó y le dio un futuro a su hijo.

Por algún motivo que no quiso detallarme, la relación con su padre se deterioró y el Sr. Ito junior se quedó sin padre y sin trabajo, pero con una mano delante y otra detrás.

Según mi anfitrión, Paraguay es un gran lugar si uno quiere prosperar en los negocios. A él no le ha llevado más de 20 años poseer no sé cuántas hectáreas de terreno agrícola, varios miles de cabezas de ganado y participar en el consejo de dirección de varias empresas.

Además se ha montado un pequeño paraíso a orillas del lago Yguazú, donde se puede acampar, alquilar una cabaña o simplemente venir a pasar el día, pescando, remando, asando o comiendo un plato de udon en el restaurante (que para variar, están remodelando en esta época del año).

El Parque Ito lo gestiona su mujer, quien me habla de un inmigrante español que vive en la colonia, ni más ni menos que Jacinto, propietario de la Taberna El Boquerón.

Atardece en el Parque Ito

Jacinto ya tenía vínculos con el país antes incluso de salir de España, puesto que se casó con una paraguaya que fue la que lo trajo hasta aquí. Tiempo después, su relación se terminó, su mujer volvió a España y él decidió quedarse.

En la taberna no hay clientes cuando llego. A la izquierda de la entrada, hay una barra abierta a la terraza. Allí un par de mujeres y un hombre están revisando un montón de mercancías diversas, vajillas, ropas, y otras cosas que aun están dentro de cajas y bolsas.

Jacinto viene a la barra a atenderme saludando con acento paraguayo. Nos presentamos brevemente y en seguida me ofrece el plato del día: so'o apu'a. Albóndigas, vaya. Mientras me zampo el plato, él sigue con sus asuntos en el bazar en que se ha convertido la barra exterior.

En el bar tiene cientos de botellas de vino, una bufanda de la selección nacional de fútbol y una carta escrita en la pizarra que combina algunos platos españoles con otros paraguayos. Además ofrece un plato de menú, que cambia cada día, por 20.000 guaraníes (unos 2,70 euros).

Al rato vuelve conmigo a la barra. Hoy está un poco alterado, me cuenta. Resulta que una de las chicas que estaba desembalando cacharros es su novia, que ha vuelto hace un rato de hacer unas compras en la ciudad cuando debería haber estado haciendo otra cosa.

La cuestión le afecta bastante. Jacinto es un hombre pasional y entregado en las relaciones, sin duda. Prueba de ello es que en su día llegase hasta este rincón del mundo guiado por el amor.

Cada emigrante con su tema.

Cada uno, su camino

Por mi parte, estoy contento con haber empezado el viaje en Paraguay. Lo elegí por motivos prácticos y, tal vez, la falta de expectativas, más allá de conseguir la moto, me ha evitado frustraciones.

Quizás la oferta de atracciones sea limitada, ninguno de sus monumentos aparece en las listas de las maravillas mundiales. No hay mar ni grandes montañas. Pero quedar fuera de los circuitos de turismo de masas puede ser una virtud.

Lo que casi nunca falta, es un paraguayo que te ofrezca asiento, tereré y un rato de conversación. Y eso, no hay estudio de mercado que lo implante allí donde no exista.

4 comentarios

  1. ¡ja!... Llego tarde pero me lo leo todo del tirón.

    Un placer tus escritos y abro el "technical office_ 24/7" a tu disposición pa lo que necesites.
    Zaluút

    1. Hombre, Javi! Justo hoy tengo jornada técnica. Ya estamos por las alturas y hay que cortar un poco el grifo de combustible, que la pobre nació a nivel del mar y lo ha sufrido. Y yo sin destornillador plano para tocar el carburador. Probablemente recibas alguna consulta por ahí, jeje.

      Gracias por tu mensaje y por la asistencia!

      Salud!

  2. Sin duda fue una gran elección empezar en Paraguay por toda esa calidez con la que te han recibido. Eso es oro al lado de cualquier atracción turística!
    Abrazos chimue

    tremenda la primera y última foto 😉


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