14. Un ojo en la carretera y otro en el espejo

Etapa maratón. 10 horas para hacer 500 km. Algún día tenía que hacerlo, ver hasta dónde podemos llegar Pili y yo, y creo que ese es nuestro tope diario. Aunque había algunos tramos donde la carretera estaba en construcción, casi todo el trayecto entre Mnenya, cerca de Babati y Sanga Sanga, cerca de Morogoro, lo hago por asfalto. Paso por rectas interminables, subidas y bajadas, esquivo Dodoma y sólo el último tramo antes de llegar a Morogoro tiene una paisaje interesante. Pueblos carboneros colocan en sacos junto a la carretera su producción, que recogen trailers que van en una y otra dirección.

Si él puede, yo también
Si él puede, yo también

Entre Dodoma y Morogoro hay muchísimos camiones y autobuses que, o bien van el doble de rápido que yo, o bien a la mitad de mi velocidad, así que hay que andarse con mucho ojo con todas las variables de adelantamiento posibles: un ojo en la carretera y otro en el espejo… y bajar al arcén las veces que haga falta. Hoy ya voy con el mp3 enchufado en modo aleatorio, que decide, por su cuenta y riesgo, una sesión de música interpretada por hermanos músicos de color negro. No me gusta conducir la moto con música pero me vale para hacer más llevadero lo que me queda y obviar las posibles quejas de Pili, a la que le estoy pidiendo un sobreesfuerzo, no sin antes haberla mimado un poco con aceite nuevo, tensado de cadena y apriete de algunos tornillos que los baches habían sacado de su sitio.

Además de la música, otra ventaja de llevar el casco abierto es que puedo fumar y comer en marcha. Hoy, uvas que he comprado al pie de la carretera, que llevo entre las piernas y el depósito y que engullo automáticamente como pipas, escupiendo, de cuando en cuando, las pepitas y la acumulación de hollejos.

Los vendedores de uvas dan paso a los de miel. Hay cientos, con el mismo tipo de tenderete con garrafas llenas del líquido de diversas tonalidades, desde el amarillo pálido al marrón. Después, hortalizas en cubos. Finalmente, el carbón. Me imagino que todos estos productos vienen en formato gigante porque van destinadas a los camioneros que vuelven de vacío hacia Dar es-Salaam, principal puerto del país, desde donde han repartido todo tipo de mercancías hacia el interior. Es sólo una teoría que se apoya en el hecho de que la mayor parte de los puestos están en el lado izquierdo (dirección Dar es-Salaam) y que muchos camiones me adelantan a toda velocidad con las puertas trasera abiertas que dejan ver el interior vacío. No sé, en algo hay que pensar. Ya no sé cómo ponerme.

Tras el episodio masai, los días han sido muy tranquilos. Pasé tres noches en un camping cerca del acceso principal al Ngorongoro. El pueblo cercano no tenía interés, era una sucesión de puestos de artesanía y toyotas Land Cruiser cargados de muzungus Coronel Tapioca. Sin embargo, en el camping estaba completamente solo, sobre la hierba, bajo los árboles. Pude descansar, aplicarme en las tareas domésticas de higiene, colada y cocina y ponerme al día con la endogámica actividad de escuchar el podcast de Viajo en Moto, el primer podcast dedicado a los viajes en motocicleta y otros desvaríos frívolos.

Finalmente, he descartado la idea de viajar hacia los lagos Victoria y Tanganika, para ir dirigiéndome hacia el sur, poco a poco. Así, puedo ir con tiempo hacia la frontera con Zambia (próximo objetivo) y, una vez allí, decidir si me quiero complicar la vida intentando la costa oeste hacia el norte o si continúo hacia el sur.

Las siguientes casas han sido igualmente tranquilas: una misión luterana y un camping finlando-africano donde he sido el único huésped. Dejada atrás la zona volcánica, volvieron colinas suaves y zonas agrícolas que, a veces, me recordaban partes interiores de Francia. El contacto con locales de esta zona, donde no he encontrado a nadie que hable más inglés que yo suajili, me hace pensar que la gente que trabaja la agricultura me cae mejor que la que trabaja la ganadería. Y me lleva a constatar que el turismo de masas perjudica no sólo al turista que va por libre, sino también al local. Supongo que es una versión muy parcial de un tema complejo, pero el simple detalle de que la gente con la que te encuentras sea amable porque lo es y que se acerque a ti por curiosidad y no por dólares, tiene que ser sintomático.

Esta zona es preciosa, menos espectacular que los volcanes y más familiar, también me recuerda al País Vasco. Quizás estarían mejor con una carretera asfaltada en lugar de esta pista infernal, aunque seguro que no les hacen falta ni techos de chapa ni letreros de Coca-Cola que indiquen dónde está el colegio o la policía. Ni puedo ni quiero hacer un análisis profundo, pero mi percepción es que la humildad y la sencillez con la que cuidan sus casas y sus huertos es la misma con la que me tratan.

En Haydom, pueblo que tiene un gran hospital luterano, me alojo en una habitación de la misión. Aprovecho que he llegado muy pronto para llevar la moto al fundi. Hoy estamos solos él y yo pero, enseguida, se nos unen unos cuantos curiosos. Ninguno habla inglés. Aún así, les explico el quién-cómo-dónde. La operación es rápida y aún más barata que la vez anterior.

El día anterior me había recortado la barba amish y hoy voy a una peluquería. Entre el Salon Hairstyle FC Barcelona y otros que tienen en las puertas dibujos de tíos tipo gangsta, elijo uno que sólo tiene dibujos de mujeres. Y no miente, es para chicas, pero es la primera vez que voy a la peluquería desde hace lo menos 20 años, cuando abandoné a mi peluquera Sara por la maquinilla Remington, y prefiero que sea una mujer quien me corte el pelo de nuevo. En la silla de plástico, la peluquera me dice que hará lo que pueda con las tijeras. Dos parroquianas asisten divertidas sin hacer caso de la tele y yo me quedo medio dormido observado por el retrato de la doctora noruega que enseñó el oficio a mi peluquera. ¡Me veo bien! ¡Y las tres chicas también!

Ropa limpia, aceite nuevo, peluquería… en la habitación empiezo a dar de comer a la masa madre: mañana hago pan.

Haciendo pan, paso 1
Haciendo pan, paso 1

Llego pronto a la nueva casa. Esta vez, un camping en la montaña con vocación ecologista: energía solar, retrete-compostera, agua de lluvia almacenada, casa de barro… pero no hay nadie. Bajo al pueblo a por víveres, que consisten en un pez frito, patatas, tomates y cebolla. Con eso y mi bote de salsa de ajo y chile me voy a preparar un buen guiso. De nuevo en el camping, me pongo con la masa para el pan y para ir haciendo tiempo mientras llega alguien.

Pasado un rato, aparecen tres señores en una moto. Ya están aquí —pienso. El más locuaz y simpático huele a alcohol, los otros parecen tímidos y me recuerdan a mí hace unos días, arrastrados por el liante. Como tampoco hablan inglés, mientras yo creo que me están ofreciendo cerveza o refrescos, ellos piensan que, por el contrario, yo se los voy a servir, así que cuando aclaramos la confusión como podemos, se marchan por donde han venido.

Con la tienda ya montada y el guiso en marcha, veo que en la tejabana que hace de recepción y bar que regento (según los tres de antes) hay un individuo. Me acerco y, de nuevo, es un visitante ocasional. Tampoco habla inglés y me habla en suajili sin que parezca importarle que no le entienda ni jota. De la parrafada deduzco que vive allí cerca, al lado de unos muzungus (que supongo que son los finlandeses) y que ha subido hasta aquí sólo para tomar el fresco.

De vuelta en casa, ya de noche, creo que hoy duermo gratis. Hago el pan al baño María, aprovechando que la cocina de gasolina que me regaló Panic tiene potencia y autonomía de sobra. Compruebo que la masa madre está en forma, el pan está grande y esponjoso, y la textura es gelatinosa o, más bien, chiclosa, como de bao. Va perfecto para el guiso.

Masa de pan

Ya de noche, tercera visita. Esta vez es Mohamed, él lleva el camping. El cielo está raso, la luna casi llena, pero me ofrece cambiarme del mejor sitio de todo el camping —donde me he instalado— a debajo del tejado de la recepción. Por si llueve, dice. Prefiero hacer de Paco Montesdeoca y jugármela en mi previsión de una noche más seca que el pescado que me acabo de zampar.

Los servicios del camping, a parte de estar en un sitio bonito, son muy básicos. Un agujero para aliviar peso y un cubo para rellenar de agua de un tanque para el aseo. Eso sí, los diez dólares que me han soplado incluyen un servicio despertador muy eficaz, llamado Mohamed que, a las seis de la mañana, me avisa de que se va al hospital, que su hijo está mal del estómago. Vaya hombre, cuánto lo siento. Gracias por todo y que haya mejoría.

La última visita de la mañana es de mi amigo, que va a tomar el fresco de nuevo. Se queda conmigo y me da conversación hasta que tengo todo recogido. Yo no me entero de lo que dice ni él de lo que digo yo, pero ¿y qué?, tampoco nos hace falta.

Tras el incómodo trayecto entre ciudades, me doy cuenta de que al viaje le está faltando un poco de música. A pesar de la paliza, llego de buen humor a mi nueva casa y creo que el mp3 ha tenido algo que ver. Es un poco tarde y no quería que se me hiciese de noche porque, en este tramo, las únicas opciones de alojamiento estaban en Dodoma y no me apetecía nada el plan urbano. Paro antes del camping a por agua y cigarrillos. No sé si estar de buen humor influye en cómo percibo las cosas o es que Antonia, la tendera, es simpática y ya está. También Francis, en el camping, me da una calurosa bienvenida en suajili.

Estoy bastante cerca de donde salí hace casi un mes y estoy contento de estar aquí, haciendo esto 3.222 km después. Lo celebro haciendo pan para la cena.

Pan festivo para celebrar los 3.222 km juntos
Pan festivo para celebrar los 3.222 km juntos

Este camping no es el más bonito, ni el más agradable para estar por allí descansando, pero si es el más barato y el que mejor ducha tiene: limpia, espaciosa y con un buen chorro de agua. Es una digna representante de lo que para mí es el segundo o tercer mejor invento de la humanidad, siempre después de la cama. Como digo, el sitio es un poco inhóspito, un poco secarral para estar durante el día, con poca sombra para resguardarse del sol, que cae a plomo, pero las noches son agradables, siempre con brisa y sin mosquitos.

Morogoro está a caballo entre ciudad y pueblo. El trazado es bastante ordenado aunque, a veces, quede un poco oculto tras la mercadería con la que los comercios invaden el espacio público y el tráfico intenso y caótico. La acumulación de piki pikis en los accesos hace que parezca una concentración o los alrededores de un circuito el día de carreras. Sigue la conocida agrupación gremial por calles. El área piki piki parece mejor surtido, incluso, que el de Dar es-Salaam y no me cuesta encontrar unos guantes que ando buscando desde que perdí el izquierdo a los pies de los volcanes. Tengo para elegir unos negros del Chelsea, que parecen de portero de fútbol sala, y otros azules, con la cara de un lobo en la que se lee “Love your Star” y que tienen algo parecido a unas protecciones de goma en los nudillos. Son ligeros y baratos, me parecen suficiente. Tres euros y son míos.

Uno de los días en Sanga Sanga, salgo a dar una vuelta en moto. Morogoro está al pie de las montañas que veo desde el camping y que prometen un buen paseo por una zona por la que no pienso pasar cuando siga avanzando, porque me desvía de la ruta.

Con un poco de agua y cigarrillos, salgo cuando todavía no hace demasiado calor. Morogoro es un nudo entre dos carreteras principales que conectan varias ciudades importantes por lo que, al encarar el primer camino de montaña, se agradece volver a la calma rural. La vertiente este de los montes Uluguru está plagada de mangos y palmeras. Hay verde y agua por todas partes y la pista, a veces asfaltada, caracolea en un subir y bajar continuo, hasta descender, por fin, a una llanura muy fértil, que es una sucesión de pequeños pueblos. Aún es pronto y me voy acercando a la parte sur del Parque Nacional de Mikumi, así que me planteo la opción de hacer una circular Sanga Sanga-Sanga Sanga, atravesando el parque hasta la carretera principal. Voy a ver.

Kisaki es el último pueblo antes del parque en esta ruta. En cuanto lo paso, el camino se vuelve más estrecho y bacheado. Se desdobla, en numerosas ocasiones, para salvar charcos gigantes. La vegetación también se vuelve más salvaje y, a veces, invade el camino. Todavía me cruzo con bicicletas que vuelven hacia el pueblo y se puede ver algún cultivo. La pista discurre paralela a la vía del ferrocarril, haciendo de frontera-corredor entre el Parque de Mikumi y la Reserva de Selous. Sé que me dirijo, irremediablemente, a territorio salvaje y el recuerdo de Saadani se vuelve realidad otra vez. Me gustaría saber hasta qué punto me la estoy jugando, tener un dato estadístico o una app de esas que te dicen cuántas fieras tienes alrededor dispuestas a hincarte el diente. Entonces, de detrás del matorral, aparece un paisano en bicicleta en forma de indicador analógico de área segura. Todavía, no. Las siguientes señales las marca el propio entorno. Las rodadas de coches son profundas y ya están secas, pero debió ser un barrizal horrible y es el único indicio de paso de vehículos en mucho tiempo pero, cuando la espesa vegetación lo permite, todavía veo algún tramo de ferrocarril. Al rato, alcanzo una señal que indica que, ya sí, estoy dentro del Parque y las distancias a los puestos de rangers —10 km el más cercano— y la puerta principal a la que me dirijo, más de 100 km.

Una vez pasada la señal y como por arte de magia, pues nada cambia aparentemente, unos monos se rascan la barriga junto a la pista. Nada antes de la señal, monos justo después, como si supiesen cuál es su sitio. Me sorprendo pensando en una especie de Zoo de Thruman, con los rangers en la sala de control viéndome en sus monitores.

Muzungu en el área meridional, suelta a los bichos.

—Señor, sólo nos quedan monos, el resto de animales está con el grupo de americanos.

—Es igual Mobutu, es un cagao. Con eso vale.

—Entendido, si encuentro alguna cebra, la mando también.

Pero parece que no funciona así. De repente, un grupo de gacelas cruza de un salto la pista en mis narices, elegantes y preciosas. Y, por allí también, la hermana cebra. Veo impalas por primera vez. La vegetación sigue espesa, la pista no es difícil pero requiere atención y no da descanso: arena, rodadas, baches… ¿y qué querrá decir que es “zona de pacíficos herbívoros”? ¿Están aquí donde no hay depredadores o, precisamente, los depredadores estarán por aquí buscando a sus presas?

Llego a los edificios de los rangers. Podría haber pasado de largo, porque no hay nadie a la vista ni ningún tipo de control, aún así, paro. El sitio se parece al colegio masai y no sólo el sitio, uno de los rangers que al final sale me recuerda a Zacarías. Es joven y hace referencia a la vida de soldado que llevan allí. Me sugiere que la mochila que llevo le vendría muy bien y que sería un detalle de apoyo a la comunidad por mi parte si se la doy. Por supuesto, estoy encantado de colaborar con la comunidad, me acompañas con tu rifle a la puerta principal y te quedas con la mochila. ¡Chs!

Una vez aclarado quién soy y a dónde voy, y cumplimentado el libro de registros, no les cuesta mucho trabajo quitarme de la cabeza la idea de cruzar hasta la puerta principal. Aunque, al principio, se niegan a que continúe, luego creo entender que es una recomendación que están obligados a hacer y que si quisiera, podría hacerlo. Llegan a decir que, de haber tenido el coche allí (está con el safari de americanos, de verdad), me habrían escoltado.

Aunque no me arrepiento de no haberlo hecho, me corroe un poco pensar qué habría pasado, cómo habría sido. En el momento, la idea de hacer 100 km por esa pista (2 horas, siendo optimistas) y siendo el parque un bosque espeso como lo que había recorrido, me pareció demasiado, más peligroso que arriesgado. Soy bastante ignorante en cuanto a fauna salvaje, no tengo ni idea de lo peligroso que puede llegar a ser, como no la tengo de qué tendría que hacer en una situación de peligro. Hoy, me conformo con la emoción de los 10 kilómetros de vuelta y no morir por tonto.

Así que, al final, por ansias, estoy de palique con los rangers, a unas 6 horas de casa y me toca desandar todo el camino. Error de cálculo y sí, ansias. No poder parar de conducir, un poco más, un poco más. El único camino posible es el que he hecho para llegar. Se me va a hacer de noche, aventura suficiente, intentar sobrevivir a las fieras mecánicas que, como salidas de Encuentros en la Tercera Fase, con todas sus luces de colores, se abalanzan sobre mí, levantando una espesa nube de polvo que tengo que atravesar a ciegas, agarrado con fuerza al manillar.

Me despiertan los martillazos en el nuevo edificio que están construyendo en el camping. Aquí, los obreros también dejan de hacer ruido justo en el momento en el que decides desistir de intentar seguir durmiendo. No volverán a la faena hasta que, avanzada la tarde, el sol deje de apretar. Hinchado y legañoso, me preparo un café. Tengo silla y mesa (lo que es una comodidad bastante infrecuente en estas últimas semanas) proporcionada por Francis, mi simpático anfitrión en este camping. No he tenido tiempo de prender el primer pitillo, cuando aparece Francisca, hermana de Francis, con una bandeja con termo de café y dos chapatis recién hechos por ella misma. No contenta con eso, al rato, aparece con un pan de molde que también ha preparado ella y, a la hora de comer, plato de arroz con judías. Porque sí, porque quieren.

Hoy estoy descansando después del maratón improvisado y estoy esperando la llamada de Ndakie, un chico de Morogoro al que contacté por Facebook y que me recomendó la compra de Pili en lugar de las motos chinas que estaba barajando, además de darme algunas ideas de rutas por Tanzania. Porque sí, porque quería. Ndakie empezó con una moto como la mía un negocio de boda boda (mototaxi) que ahora ha traspasado a un amigo mientras él trata de arrancar su agencia turística. Si alguien está interesado en contratar cualquier servicio turístico en Tanzania puede pedirme su contacto, estoy seguro de que es una garantía. El caso es que Ndakie vino hasta donde estaba sólo para conocernos en persona y charlar un rato, desviándose de su camino, después de un fin de semana largo de trabajo con turistas.

Como parece que es un día de recibir, también recibo un correo de Roberto Naveiras, invitándome a participar en su podcast dedicado a los viajes en motocicleta que escucho regularmente. Con los nervios, casi se me cae el teléfono de las manos. Se me hace extraño el interés en este viaje que acaba de empezar y que puede terminar en cualquier momento pero, como oyente que soy, creo que si él ha visto algo en él, es que algo habrá. Y la verdad es que me hace mucha ilusión.

Al día siguiente, continúo avanzando. Voy en dirección Ifakara, donde quiero visitar un convento de monjas franciscanas que tienen una panadería. Atravieso el Parque Nacional de Mikumi por la carretera principal hasta alcanzar la puerta a la que había querido llegar el otro día. Compruebo que también en esta parte sigue siendo boscoso y, de nuevo, justo al cruzar la señal que indica el comienzo del parque, aparecen los animales, como para contentar al turista. Por mi parte lo han conseguido, es una carretera ancha con tráfico de autobuses y camiones, pero voy despacio, disfrutando del espectáculo y pensando que tal vez no fue tan mala idea no arriesgarse: viendo la cantidad de animales que hay junto a la carretera, en la tranquilidad del interior debe estar plagado.

Dejado atrás el asfalto, ruedo a los pies de unas montañas muy verdes. Hay cascadas y torrentes de aguas cristalinas. Y muchos baches. Me alcanza un paisano en piki piki. Me hace parar, me dice algo que no entiendo. Me entrega mi propio smartphone. ¡Se me había caído! ¿Esto qué es? ¿Suerte? No sé si sabe lo que significa para mí lo que ha hecho pero le quita importancia y sale zumbando. Yo tampoco sé qué significa que el teléfono se haya salido de un bolsillo cerrado, justo en un tramo donde había más personas, que alguien lo haya visto, que se haya parado a recogerlo y que se haya preocupado por alcanzarme y devolvérmelo. En fin, gracias, gracias, gracias.

Ifakara es un pueblo grande, que crece a los lados de las dos carreteras principales en forma de T. Me doy una vuelta buscando el convento, que no me vale para encontrarlo pero sí para comprobar que hay muchas más opciones de alojamiento que lo que dice la guía: dos lodges con pinta de caros. Prefiero el Holiday Inn, con sus habitaciones con baño en torno a un patio con flores, por menos 5 euros la noche. Mañana buscaré a las hermanas franciscanas, ahora necesito un par de Kilimanjaro.

Hasta ahora, la forma de pago que había encontrado consistía en ir pidiendo y luego antes de irte, aunque pasen dos o tres días, pagar por todo lo que hayas consumido. Aquí me encuentro una nueva. Pides, pagas y no hay vuelta, así que es como una especie de prepago y, según lo que hayas entregado, puedes seguir pidiendo hasta que se te agote el crédito, del que puedes disponer incluso pasados los días. Me resultó extraño al principio pero creo que las dos maneras favorecen que consumas alegremente, las dos implican que haya confianza a ambos lados de la barra y, de alguna manera, tener siempre algo pendiente, a favor o en contra. Te obliga a volver, lo que supone otra oportunidad para que sigas consumiendo. Que muchas veces aseguren que no tienen cambio también es una buena fórmula para que te bebas entero tu billete.

Sigo sin encontrar a nadie que hable inglés y no es que haya aprendido mucho suajili pero, de alguna manera, hay una comunicación suficiente que va un poco más allá de la mera supervivencia. Me sigue costando un poco el momento de llegar a los sitios, de bajar de la moto y ser observado detenidamente por todos los ojos que haya en el sitio. Al principio, casi siempre noto el trato frío y seco pero, normalmente, si consigo dar más importancia a tratar de ponerme en su lugar que a cómo me siento yo, acaba siendo agradable. Es algo que todavía no me sale natural y que tengo que esforzarme por hacer, intencionadamente, cada vez, aunque esté cansado y aturdido después de horas de polvo y baches, pero es necesario y funciona. Aspirar aquí a la invisibilidad es una quimera y, quizás, una actitud egoísta. Al final, yo mismo soy lo único que puedo ofrecer a los demás. Y, probablemente, sea lo más justo.

Plural: 2 Comentarios Añadir valoración

  1. Paz dice:

    Gracias a Roberto Naveiras, ha tenido buen ojo al ficharte y ha sido emocionante escuchar tu voz, a la espera de la próxima entrevista. Nos reímos con tu fino humor. Relato sabroso como el pan que amasas.

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