17. La parte contratante

Trato de mantenerme tranquilo ante el próximo objetivo: cruzar la frontera con Zambia. Aunque esto requiere de cierto esfuerzo, no es un estado que se alcance y ya está, hay que buscarlo todo el rato. Como no he tenido en cuenta el calendario,  cuando llego a la última población importante antes de la frontera, es viernes. Así que voy a esperar hasta el lunes para el ataque a la burocracia. Además, antes tengo que cambiar dinero tanzano a dólares americanos y kwachas zambianos, pero dejando lo suficiente para acabar aquí y no llegar con muchas sobras. Esta tarea resulta ser tan fácil como ir al cajero y a la casa de cambios que está al lado, así que tengo todo el fin de semana libre para descansar y controlar los nervios.

No es que cruzar una frontera sea la gran cosa, especialmente esta, que por lo que sé no es complicada. Pero se trata de algo nuevo para mí y, claro, me da miedo. De esos miedos inconcretos producto de la imaginación. Además, me preocupa lidiar con los “ayudadores”, a los que imagino abalanzándose sobre mí en cuanto llegue, dejándome en calzoncillos y sin un mísero papel. Me preocupa también el funcionario africano, los callejones sin salida y las mordidas. Así que lo que me preocupa es tratar con la gente: falta de confianza, supongo.

Que haga buen día es una buena forma de empezar, teniendo en cuenta que hace semanas que llueve —aunque sea un poco—, todos los días. En el trayecto hasta el paso no hay mucho tráfico. Sólo cuando estoy ya muy cerca empieza a haber muchos camiones aparcados a los lados. Hay grandes aparcamientos vigilados, numerosos hostales y puestos de frutas, verduras y comida. Y mucha gente. Se empieza a congestionar el tráfico pero encuentro recovecos por los que avanzar. La única señal que veo dirige a los camiones por un lado y al resto de vehículos, por otro. La carretera pasa por delante de un edificio con un cartel que dice: “Nakonde Border Post”, banderas y muchos coches aparcados delante. Llegamos.

Aparco en el sitio que considero más visible desde cualquier punto y me bajo de la moto con determinación, como si supiese exactamente lo que estoy haciendo. Por supuesto, llegan las primeras ofertas, cambio de divisas, tarjetas SIM, asistencia… no, gracias. Voy directo a lo que parece la entrada principal. Es el puesto de inmigración, que ocupa la parte central del edificio con planta de “H”. Dentro, todo está claro, limpio y ordenado. A la derecha, los funcionarios tanzanos y, a la izquierda, los zambianos. No hay mucha gente y, en seguida, me toca. La cola se respeta bastante. Aunque es el puesto tanzano y yo estoy saliendo, comprueban la cartilla de vacunación.

En la siguiente ventanilla, me sellan la salida, sin más. Vamos en frente. La chica lleva peluca y come patatas fritas en un envase de poliestireno. Esta sí que me hace preguntas, que empiezan con tono un poco acusatorio, como “¿Por qué quieres entrar en mi país, eh, a ver, por qué?” “¿Por qué no está el sello de tu país en el pasaporte, eh, a ver, por qué?” Pero acaban derivando en el habitual cotilleo de si tengo novia o no y luego en “¿¿Cómo que no?? Tal vez encuentres una en Zambia” Y, al final, ella y su compañero gafotas se ríen cuando les digo que mi novia es la moto, que pide tanto dinero como una chica pero siempre está guapa, incluso por la mañana. Humor fronterizo. Como sea, ya ha dejado el tono de superioridad y me planta la visa. Esta primera parte ha sido fácil, yo ya puedo entrar legalmente en Zambia. A ver, ahora, mi novia.

En cuanto pongo un pie fuera, vuelven los ayudadores. Al que viene con el fajo de kwachas en la mano le digo que cuando acabe le buscaré, pero que tengo muy pocos shillings para cambiar. Aun así, a partir de entonces, le veo allí donde voy, a distancia prudencial. Según los de inmigración, tengo que ir a la oficina aduanera a arreglar lo de la moto. Debe de estar por allí, pero este segundo de despiste me cuesta que un señor con una credencial me arranque los papeles de la mano y me suelte una retahíla, imposible de seguir, de los pasos que hay que dar. La técnica del aturrulle no va a funcionarte está vez, amigo. Le sigo escaleras arriba a una oficina de la Interpol y le despacho agradeciéndole sus servicios, que no he pedido. Y, aunque sigue dándome indicaciones, se va sin más. La señora policía pone un sello en una fotocopia de la documentación de la moto, que no sé para qué vale. Pero me indica dónde está la oficina de aduanas, en el otro palo de la “H”. Cuando bajo, allí está mi ayudador que, lejos de rendirse, tiene unos papeles en la mano y me habla del seguro. No, no, gracias. La oficina de aduanas es un despacho sin ninguna indicación en la puerta, pero es la primera que he intentado y parece que he acertado. Hombre y mujer con uniforme policial, él hastiado, ella desagradable. Tres chicos allí de pie, esperando algo y a mí me hacen sentarme en una de las sillas de oficina, frente a un escritorio. La desagrable me pide no sé qué papel de la Interpol. El hastiado, no sé qué papel de la aduana tanzana. Al menos, el segundo, me dice dónde puedo conseguirlo: allí mismo, al lado de inmigración. Eso sé donde es, son amigos.

De los tres puestos con funcionario que hay en inmigración ya he pasado por dos, así que voy directo al tercero. No es allí.

—¿Y, dónde es?

—En el siguiente mostrador. (A la inabarcable distancia de un brazo).

—Ya, pero no hay nadie.

—Pues prueba en la oficina.

—¿Qué oficina?

—”La” oficina.

—¿Aquella puerta cerrada de allí? (Pruebo).

—(Gesto afirmativo).

La oficina es un cuarto vacío. Mientras asomo la cabeza, un corbatillas me explica que no funciona, que los servicios aduaneros todavía no están en ese edificio.

—¿Ni siquiera en esa ventanilla?

—No, están en un edificio en el lado tanzano por el que has tenido que pasar antes de llegar aquí.

Pues ni idea de qué edificio se trata… ¿y por qué el de la ventanilla me ha dicho que… ? Bah, en cualquier caso, no hay nadie, así que vamos a probar el edificio fantasma ese. Antes, vuelvo a por el papel que me pide la desagradable a la señora de la Interpol, que está allí mismo y que ha sido simpática, y eso que adelanto. No sabe de qué le hablo. Me extraña porque debe de estar harta de hacerlo, pero tampoco le puedo precisar qué es lo que necesito más allá de que es un papel que tiene que ver conmigo y no con la moto. Pero nada, así que me vuelvo a mi país a ver qué dicen allí. De nuevo, en la moto, don dinero se acerca apresurado. Tranquilo, que no me voy, voy a Tanzania y vuelvo.

Lo que yo imaginaba como dos carriles con barreras, policías, casetas… (¡yo que sé, una frontera!), es un auténtico jaleo. Coches y camiones van de un lado a otro o están aparcados en cualquier sitio y no hay indicios de carriles, direcciones o normas.

Esto se va pareciendo más a lo que se suponía que iba a ser cruzar la frontera, lo del pasaporte ha debido de ser un espejismo.

Gracias a unos tan armados como amables agentes tanzanos localizo el edificio, que tiene toda la pinta de ser una gasolinera, con su cubierta inclinada y sus camiones en la puerta. Un WordArt impreso en A4 indica que son las oficinas que busco. La recepción es un gran mostrador con cuatro chicas que me miran como un bicho raro. Dejan de cuchichear para decirme que allí no es, que vaya al edificio de donde vengo. No, señorita, ya he estado allí, sé que es aquí donde tengo que arreglar esto (mentira, tampoco sé qué es lo que tengo que arreglar). Después de varias consultas me hacen pasar a un despacho con cuatro puestos de trabajo. Hay cinco o seis personas pinchando con palillos sandía de un plato; me dirijo al único que parece estar trabajando.

—Pregúntale al que es como tú, al que lleva gafas.

Dice señalándome al anfitrión de la sandía, que no hace el más mínimo amago de atenderme hasta que no terminan el aperitivo cucurbitáceo.

Palillo en ristre, se dirige a mí. Con toda la simpatía de que soy capaz, le explico todo, intercalando todas las palabras que puedo en suajili y haciendo hincapié en que viajo en la pequeña Bajaj. Parece ser que para mi propósito tendría que solicitar un permiso de exportación permanente, pero como eso es muy complicado, me va a hacer uno temporal y cuando vaya a caducar sólo tengo que enviarle un WhatsApp para que lo prorrogue. Me acompaña fuera para ver la moto, incluso. Allí, ¡espera sonriente don dinero! Luego, todavía no he terminado.

Con este pequeño logro y conociendo el camino, vuelvo dispuesto a zanjar el tema. En la aduana zambiana, ya no está la antipática. El chico hastiado me hace tomar asiento en mi puesto, aunque los tres que esperaban antes siguen haciéndolo de pie. Después de unos minutos, nos emplaza a todos a volver a las dos: el sistema informático no funciona. ¡Pero si son las dos! Las dos, hora zambiana, paleto muzungu, o sea, dentro de una hora.

Aprovecho ese rato para adelantar otras gestiones. Saco el seguro por un mes a $14. Allí mismo hay una oficina. El tipo parece triste y aburrido, como si tuviese el futuro asegurado, y se toma su tiempo. Para las vueltas, tenemos que bajar a una casa de cambio y, ya de paso, cierra para ir a comer. Pregunto en una oficina de pago de impuestos zambianos si allí puedo abonar el impuesto de emisiones. Sí, en efecto, 7 dólares, en esa ventanilla. Y tengo que pagar algo más. Sí, pero en otro sitio, en el otro extremo de la “H”. 30 dólares, a cuenta de no se qué, relacionado con la seguridad del tráfico y/o las carreteras.

A estas alturas, me conozco la “H” como el mejor de los tipógrafos. El de la ventanilla de los $30 vuelve a ser amable y me explica, con paciencia, lo que tengo que hacer. Al lado de donde vengo, hay un banco. Ingresa 30 dólares en esta cuenta y vuelve con el recibo. Me cruzo con la de la Interpol y el de gafas de inmigración, que están sorprendidos de que siga allí. En el banco, un chaval que está en la ventanilla con un fajo de billetes, me deja pasar. No-se-qué no-sé-cuántos muzungu, dice. Todos en el banco, se ríen. Vuelvo. Recibo + formulario = papel oficial. A todo esto, se han pasado las 14h y en la oficina de aduanas no hay nadie. Han salido a comer.

En este rato de espera, intimo con Daniel, el ayudador acreditado, que también está esperando a los de aduanas y podemos hablar como personas, sin aturullos ni dinero. Me explica su pasado futbolista y cómo el demonio nunca descansa y que, por desgracia, nos ha tocado vivir la peor época de la historia, con Mefistófeles trabajando como un negro. Incluso, me explica que todavía tengo que hacer otros papeleos pero con unas indicaciones muy raras que no entiendo. Será cosa del maligno.

A la vuelta del almuerzo, el hastiado decide que ya no espera más al sistema, que lo va a hacer manualmente y desaparece, con la excusa de recoger algo que necesita para ello. Nunca volvió, al menos, que yo sepa. Así que, cuando la oficina vuelve a estar abierta, es la antipática con quien hay que tratar. De nuevo, hay más gente esperando, pero tengo preferencia. Me vuelve a pedir no sé qué papel de la Interpol y le doy el que tengo. Le explico que he estado tres veces en la oficina y que es todo lo que he conseguido. Se quiere quedar con el papel que es el seguro de la moto y, a la pregunta de si no hay fotocopiadora por ahí, manda a uno de los chicos que esperan a que me acompañe a un contenedor, que es la sede de la copistería. Cruzamos a pie a suelo oficialmente zambiano, sin que nadie nos diga nada y así, confirmo que podría haber pasado sin parar la moto (de manera completamente ilegal, claro), y garantizándome problemas a la hora de salir. Pero me sorprende que no haya una triste barrera o un solitario policía.

Aunque me ha respondido con condescendencia que no necesitaba ninguna copia más, se queda con el original que me han dado en la aduana tanzana. Como a cambio obtengo el papel de la aduana zambiana, espero que no me tenga que maldecir por esto más adelante, pero eso ya lo veremos. Relleno con ayuda de Daniel un formulario larguísimo que nunca nadie leerá y que es sellado por la antipática, con validez de 30 días. Sólo falta que inspeccione la moto. Me mira socarrona cuando ve la clase de moto que conduzco y me enseña el papel de otro aspirante que tenía que haber pedido a la Policía tanzana y por el que tanto ha insistido para al final pasar de él. La antipática se ha enrollado.

Parece que ya está todo. Daniel me grapa todos los papeles juntos en un supuesto orden correcto y me dice que tengo que sellar el papel de 30 dólares en alguna puerta. Sí, ya. Yo me voy. No estoy seguro de tener todo porque todo es confuso y cada uno dice una cosa, pero creo que lo fundamental, al menos, está.

Don dinero y otro que quería mis shillings están juntos. El segundo, viene hacia mí, dispuesto al cambio, pero le digo que se los prometí a don dinero. ¿A ese? No hay problema, es de la familia. Vale, pues toma 3 euros y medio en dos billetes. Te lo dije.

Una vez más, los miedos se pasan cuando los problemas se concretan y tienes que actuar, mal que bien, como puedas. Pero, por mucho que conozca la teoría, esto es como controlar los nervios o ser feliz, no es un título que se obtenga y ya valga para siempre, hay que ponerse a ello en cada ocasión. Supongo que el entrenamiento ayudará a que vaya saliendo mejor cada vez.

También es verdad que, probablemente, este no sea el paso fronterizo más problemático del mundo y que tampoco he tenido que enfrentarme a situaciones delicadas, pero el caso es que aquí estamos. Aquí, y no en otro sitio. Bajo el cielo azul de Zambia.

El cielo azul de Zambia
El cielo azul de Zambia

Yo no sé muy bien a qué responden las fronteras, si tienen sentido, si sólo son barreras administrativas trazadas en un mapa que nada tienen que ver con el humano. Pero es cruzar y se perciben ciertas diferencias. Quizás estoy contento y por eso parecen todos más simpáticos, pero hay otros pequeños detalles que son tangibles. No hay motos, pero sí muchos coches. Pequeños Toyota algunos, pero muchos todoterreno, grandes y nuevos, también. Las tiendas a los lados de la carretera suelen tener el nombre rotulado y dibujos de lo que ofrecen. Todavía son bonitas, si te gusta lo decadente. Decadencia zambiana frente a humildad tanzana. Sólo algunas mujeres visten de forma tradicional y muchas otras, como la de la ventanilla de inmigración, llevan peluca. No recuerdo haber visto ninguna en Tanzania. La primera impresión es que parece haber más diferencias económicas entre la gente, mientras en Tanzania era todo más uniforme. Por lo que veo, aquí el que tiene, tiene un todoterreno; en Tanzania, una motillo. Y el que no tiene, va andando. En Tanzania, al menos tiene una bici o un dala dala a mano. Pero bueno, es una impresión a vuelapluma, nada más cruzar en esta carretera principal que me tiene que llevar, en unos días, a Lusaka, pasando por delante de cientos de colegios, muchísimos (otra diferencia con Tanzania).

Parece ser, también, que todos los camiones zambianos y tanzanos circulan a este lado de la frontera. Prácticamente, todos ellos cumplen a rajatabla la norma de dejar un palmo de separación lateral en los adelantamientos, lo que me lleva a poner en práctica diversas técnicas para obligarlos a separarse más: circular por el centro de la calzada y retirarme en cuanto veo, por el espejo, que han iniciado la maniobra. Pongo en práctica, también, el noble arte del insulto y la mímica gestual. Excepto el día de cruzar la frontera, todos los demás, hasta llegar a Lusaka, llueve y lo hace con ganas. El traje de agua no puede hacer mucho. La pantalla del casco que, aunque estaba tan rayada que no me dejaba ver, valía para hacer de visera y protegerme de las dolorosas gotas, salió volando con la ráfaga de aire que desplazaba un camión en dirección contraria. Así que no me queda otra que soportar la “acuipuntura”.

Superada la frontera, me voy animando con la idea de intentar subir conduciendo por la costa oeste hasta España. Eso significa que con los 30 días que tengo permitidos en Zambia tengo que llegar lo antes posible a Lusaka para ver cómo salen las cosas con los visados y cuáles de ellos puedo tramitar allí. Para ello, tengo que conducir por esta carretera y aguantarme.

La lluvia es monótona. La carretera es monótona por trazado y por paisaje. El runrun de la moto es monótono y, por eso, el segundo día elijo un camping que está un poco apartado y al que hay que llegar por un camino que enlaza con la carretera principal que baja desde el otro paso fronterizo. Hace varios días que no he dejado el asfalto, así que esta pista es un pequeño regalo por haber pasado la frontera que tanto respeto me daba. Vuelvo a rodar entre animales y, al rato, alcanzo el sitio. Un lodge muy bonito, en medio de una vegetación exuberante, con una poza de aguas termales, toda para mí. Pero es temporada baja y, lamentablemente, no puedo usar la zona de acampada. El polaco que me atiende, con gafitas a lo Lennon, me hace una rebaja en el precio del chalet que voy a ocupar. Y, ya puestos, voy a cenar en el restaurante. Un capricho, una recompensa.

Esa mañana me costó lo suyo sacar dinero de un cajero. De los tres que había en el pueblo, sólo uno tenía dinero pero, por alguna razón, a mí no me lo dispensaba. Aunque la pantalla confirmase la operación e, incluso, se oyese el ruido que hace la máquina al reunir los billetes solicitados, nada salía. El banquero no me daba solución y me tuve que conformar con cambiar unos dólares. Ahora veía la rapidez con que esos pocos kwachas desaparecían sin saber si podría reponerlos pronto. Pero eso ya lo veremos, ahora pienso darme un buen baño de agua caliente, entre árboles gigantescos, con los ruidos de la jungla y una ligera lluvia. Después de pasar frío en la moto y de llevar todo mojado durante días, la sensación es indescriptible.

Ya tocaba baño
Ya tocaba baño

Tampoco sé muy bien cómo describir cómo me siento cuando, después de ver la zona de acampada y comprobar que tiene algunos tejadillos bajo los que poner la tienda a salvo de la lluvia, le pregunto al polaco si no hay posibilidad de cambiar la habitación por la tienda. No necesito que me abran los baños ni que me calienten agua para la ducha y, en todo caso, la diferencia de precio bien se puede compensar con un dispendio mayor en cerveza. Lennon dice que, lamentablemente, está cerrada y que no hay nada que hacer, que allí me voy a mojar (¡ja!) y que con la rebaja que me ha hecho tampoco iba a ahorrar tanto. Esperaba un poco más de comprensión por parte de un viajero de bajo presupuesto pero, ya ves, me parece que quiere hacer méritos o algo en su primera semana de trabajo.

La poza es toda para mí. Por la noche, después de cenar como un rey y por la mañana, después del desayuno. He hecho un tratamiento integral de limpieza y alimentación, he dormido a pierna suelta y he recopilado algunos bienes para mi ajuar. Y, lo mejor, es que tengo un rato de pista antes de volver al asfalto.

Y es justo cuando pongo las ruedas sobre él, cuando noto que la trasera se ha pinchado. Casi 6.000 km, primer pinchazo. Rodeado de un montón de niños, me peleo por desllantar la cubierta y, antes de conseguirlo, ya hay dos paisanos que me relegan de las funciones con esa actitud que va entre “quita muzungu, que tú no sabes” y “encantados de ayudarle, señor viajero”. No sin esfuerzo, conseguimos repararlo. Me cuesta un par de euros, un par de cigarrillos mentolados que me han comprado para cambiar el billete grande y así poder darles algo y me cuesta que el mayor de todos se quede con una pequeña herramienta multiusos que me regaló mi padre. En medio de la operación, he visto que se la metía en el bolsillo y se la he pedido. Pero luego, en un golpe maestro, mientras yo me hacía fotos con los niños, él ha recogido rápidamente toda la herramienta y la ha cargado en la moto. No he querido comprobar si se la había quedado porque, cuando le he preguntado si en la bolsa estaba también la herramienta, me ha dicho que sí. Sé que ha sido él el que me ha robado y que no tengo la culpa, pero me molesta que por confiado me haya quedado sin ella. Quizás haya algo de justicia universal por las chucherías del lodge que he añadido a mi ajuar. No sé. Pero tendré que reponerla: los alicates y la llave inglesa pequeñita que tenía era, junto a la escasa herramienta que viene con la moto, lo poco que llevaba. Que la disfrute con salud.

El compinche posando
El compinche posando

Para esa noche, repito la operación del camping retirado de la carretera. Está en un sitio impresionante, rodeado de unas montañas que parecen cúpulas, prácticamente semiesféricas. Puedo poner la tienda en una construcción circular, abierta por un lado, con chimenea y leñera rebosante en el otro y una mesa de madera grande. Y es bastante barato, pero como está en una zona protegida, el canon que tengo que pagar dobla el precio. Qué le vamos a hacer. Disfruto haciendo fuego, que seca todas mis pertenencias y nos da un toque ahumado muy interesante.

Vistas desde una de las cúpulas
Vistas desde una de las cúpulas

Me habría quedado unos días por aquí, pero hay que seguir. Otra parada más y estaré en Lusaka. La carretera sigue igual. Lluvia, camiones e insultos. Cada tanto, hay una barrera anunciada con barriles en el centro de la calzada. Al principio, me paro pero, inmediatamente, compruebo que no tienen ningún interés en mí, sólo les importan camiones y autobuses, así que acabo pasándolos sin detenerme, pero bajando la velocidad y saludando. En otro control, que resulta ser de drogas, sí que me hacen parar y dar explicaciones y abrir bolsas pero, al final, es más por curiosidad que por investigar. Las bolsitas con aceite para cocinar y la de detergente en polvo valen más para hacer bromas que para levantar sospechas. Sigamos.

Vuelvo a tener una tejabana circular en el último sitio donde duermo, antes de llegar a la ciudad. Ahora, esta es mi casa, que tengo que compartir con miles de arañas que a veces se descuelgan. He visto sus despensas en forma de capullos, por debajo de toda la cubierta de paja pero, hasta que no tengo una araña del tamaño de mi puño a pocos centímetros de mi oreja, no me han preocupado. Ahora, no puedo dejar de mirar hacia arriba y, ahora sí, las veo yendo de un sitio para otro. Todo lleno. Escalofríos.

Ya de noche, llega un chaval en scooter. Isaac es koreano y viene desde Sudáfrica con dirección Egipto. Su moto, de fabricación china, está hecha polvo y hace un ruido horrible, pero le ha traído hasta aquí. Isaac viaja sin dinero. De alguna manera, se las va apañando para conseguir alojamiento, comida y gasolina por el camino. También reparaciones o transporte cuando su moto se avería. Le ofrezco un hueco bajo el techo, que rechaza asiáticamente, pero sí me acepta té y arroz en el desayuno. Se está haciendo este viaje después de haber acabado sus estudios en Trabajo Social, pero lo que quiere es ser cocinero. “Wow!” Exclama varias veces cuando le cuento detalles de mi viaje. A mí me deja impresionado los pocos medios con los que viaja y cómo ha ido superando obstáculos, mientras que para mí, al menos desde que crucé la frontera y pinchazo aparte, el mayor problema es que me he quedado sin mechero y cuesta mucho hacer funcionar las cerillas por culpa de su mala calidad y la humedad.

Isaac
Isaac

Estos días en Lusaka se está jugando el campeonato africano sub20 de fútbol. La carretera por la que llego pasa por delante del estadio donde se están enfrentando Zambia y no sé quién. Los estadios no tienen alrededores, sino aledaños y estos están llenos de gente con banderas, camisetas y pelucas con los colores de la selección nacional. Desde el semáforo se oyen los cánticos y las vuvucelas en las gradas. Por el camino al camping urbano puedo comprobar de nuevo los contrastes. Junto a enormes centros comerciales, se apiñan chamizos-tienda. En los aparcamientos de los primeros hay cochazos y gigantones encamisados, entre los chamizos forofos de la selección empujan carros y altavoces cascados anuncian las ofertas del día.

6.677 km desde que salí de Dar es Salaam, una frontera, lluvia, polvo, piedras y un pinchazo. Pan, un montón de números de teléfono nuevos en la agenda y ganas de seguir adelante.

 

Distancia entre Dar es Salaam y Lusaka. Fuente: Bajaj Boxer BM150X
Distancia entre Dar es Salaam y Lusaka. Fuente: Bajaj Boxer BM150X

Plural: 4 Comentarios Añadir valoración

  1. PILAR CIRUJANO MARIN dice:

    Consigues lo que te propones!!!!! que gozada esa bañera que te has buscado como la naturaleza no hay nada. Besos y besos

  2. Paz dice:

    Aventura burocrática, verdadera pesadilla para el que no tiene alma de funcionario o mucha práctica… El funcionario es el funcionario, aquí y en Zambia, imprime carácter…
    ¡Buena ruta y enhorabuena!

  3. Pesadilla respiro pesadilla respiro… pero pa lante aúpa|||||||||||||||

  4. pesadilla respiro pesadilla respiro pero pa lante aúpa !!!!!

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