Sudamérica—23.01.2023

09. Contra natura

Tras unos días en Humahuaca, repartidos entre la sombra de los sauces del camping, el comedor del restaurante El Privilegio, y las pistas y carreteras de los alrededores, emprendí la marcha hacia el norte en busca de La Quiaca, paso fronterizo con Bolivia y final de la mítica Ruta 40, que tomaría para dirigirme hacia el sur, arrimado a la cordillera.

En este altiplano la altitud ronda los 3.000 msnm, aun así está rodeado de montañas. El sol es inclemente, lo mismo que el frío y la lluvia, que erosiona el terreno sin piedad cuando fluye torrencialmente hacia la quebrada. La vida cotidiana está muy marcada por las condiciones del terreno y el clima.

A los lados de la carretera suele haber, cada cierta distancia, unas pequeñas construcciones que hacen de parada de autobús y refugio cuando la cosa metereológica se complica.

Sus muros son frecuentemente el soporte donde plasmar mensajes de distinta naturaleza. «Aquí vive un veterano de las Malvinas» reza uno. Imagino que no se refiere a que la caseta sea su casa, sino a que lo hace en el poblado cercano.

Hay algunos mensajes de amor o nombres de candidatos políticos al puesto que les proporcione en poco tiempo camioneta último modelo. Pero los más abundantes hacen alusión a la Pachamama. Bien con frases y coloridos dibujos genéricos, bien con otros concretos en contra de la minería o las represas.

No en vano, más allá del folclore, por aquí se le rinde culto a esta deidad, representada a menudo como una mujer proveedora y protectora, a través de ofrendas como muestra de gratitud o en busca de redención si se cometió alguna ofensa en su contra.

Lo cierto es que me cuesta comprender esta cosmovisión. Aunque entiendo que es una manera de explicar el mundo cuando la vida está tan ligada al entorno y a unas condiciones exigentes, no puedo concebir que la naturaleza tenga voluntad de acción. Ni mucho menos que sus actos se dirijan hacia nosotros con un fin específico, bondadoso o punitivo.

En caso de tener que atribuirle a la Madre Tierra alguna cualidad humana, sería la total indiferencia. Ella hace sus cosas sin tenernos en cuenta en absoluto.

Iba pensando en esto por la Ruta 9 hacia el norte mientras atufaba a la diosa con el tubo de escape de mi moto. La altura y el viento en contra hacían que el motor consumiese sin remedio más combustible fósil del necesario. Si la Madre Tierra hubiese mostrado un poco de piedad habría sido mejor para ella.

A veces, en los tramos de carretera más aburridos, escucho algo de música o algún programa radiofónico. Curiosamente, aquel día sonaba por el altavoz amarrado al manillar una entrevista a un conocido alpinista.

Hablaba sin tapujos de su íntima relación con el ochomil que pretendía ascender en su próxima expedición. Ya lo había intentado en numerosas ocasiones, pero la montaña «no había querido».

Tengo que reconocer que en estos casos el uso de la personificación (o prosopopeya, completará más de uno en su cabeza) me parece un poco ridículo. Que si la montaña no le dio permiso, que si son viejos conocidos y que si se llevan bien a pesar de todo. A veces la literalidad y el simbolismo se confunden grotescamente.

Por otra parte, ¿qué puede decir al respecto alguien que dialoga, acaricia, se enfada y hasta, en ocasiones, bautiza a un conjunto de hierros, cables, gomas y plásticos con el que mantiene un vínculo casi amoroso?

El caso es que al cabo de unos kilómetros debía abandonar la carretera para desviarme hacia Iruya siguiendo la recomendación de un amigo.

Cerro de los 12 colores en la Serranía del Hornocal

Por Iruya no se pasa, hay que ir expresamente y lo normal es volver por el mismo camino. El acceso principal, por pista de tierra, alcanza la altitud máxima de 4.000 msnm en el Abra del Cóndor, un paso de montaña desde el que se desciende unos 1.200 m en 19 km hasta el lecho del río Colanzulí.

Desde lo alto del puerto, todavía hay que inclinar la cabeza hacia arriba cuando se mira hacia la cima del Cerro Morado, que conserva algo de nieve en esta época del año. La falda del cerro desciende en curva suave hasta formar una planicie que parece desmoronarse de repente. Varios metros más abajo, está el río.

Volviendo la mirada en dirección hacia el pueblo, se suceden no menos de 6 o 7 capas de picos, cimas y crestas en un degradado de azules que acaban por desvanecerse entre las nubes de color gris.

Abajo, a la altura del río, al doblar un recodo del camino, de repente aparece el pueblo, como colgado entre las torronteras de la ladera. Sobre una de ellas se asoma el terreno del camping donde planté la tienda para pasar la noche.

La intención era continuar al día siguiente superando las montañas hacia el noroeste para enlazar caminos de nuevo en dirección hacia La Quiaca. En la minúscula pantalla del móvil parecía viable.

El empleado del camping Gonzalito, sin embargo, no creía que eso fuese posible. Si bien confirmó la existencia de senderos que cruzan las montañas, solo se pueden transitar con tracción a sangre. Por si fuera poco, la última crecida del río había roto el acceso a la primera parte del camino.

Como este tipo de informaciones no siempre son fiables, al día siguiente me acerqué a comprobarlo. Por el extremo opuesto al acceso al pueblo, la pista continúa hasta llegar a la confluencia de dos ríos.

Por el valle de la izquierda, un camino que serpentea sobre el lecho pedregoso muere en el acceso escalonado a la aldea de San Isidro, levantada sobre la ladera. Por el de la derecha, sale otra pista similar en dirección opuesta a donde me dirigía.

El camino que busco arranca por un resquicio en la ladera, siguiendo casi de frente según se viene del pueblo, atravesando el río. Aunque el agua se lo había llevado por delante, formando un escalón considerable en cada orilla, resultó posible cruzar el río unos metros más arriba, fuera de la huella, para retomarlo más tarde.

Con el primer obstáculo superado, comencé a ascender por una pista bastante ancha y en buen estado que pronto acaba por convertirse en el sendero para mulas del que me habían hablado en el camping. Efectivamente, es imposible abordarlo con la moto.

De vuelta en el cauce, remonté el breve tramo que lleva hasta San Isidro. La pista pedregosa cruza el agua varias veces. Como se trata de un callejón sin salida, tuve que hacer cada vadeo por duplicado, para mayor diversión y calado de botas.

No había ningún motivo sólido para pensar que podría salir de Iruya por otro camino que no fuese el principal, pero merecía la pena comprobar de qué se trataban las minúsculas líneas que aparecían en la aplicación de mapas del teléfono.

Por eso, había contemplado una ruta alternativa que suponía repetir solo una parte del trayecto de ida, volver a subir el Abra del Cóndor y desviarse hacia el norte al cabo de unos pocos kilómetros.

Iba yo muy ufano de vuelta hacia Iruya, convencido de que esquivaría el obstáculo orográfico gracias a mi plan secundario.

Al atravesar la plaza, encontré abierta la pequeña panadería, así que me detuve para reponer la despensa de torta de chicharrones y alfajores. Admirando el contenido de la bolsa que me acababa de entregar la panadera, incrusté mi cabeza en el marco de la puerta de tamaño liliputiense.

Ahora tenía mi propio cerro morado sobresaliendo de la parte más alta de la frente.

De Iruya a San Isidro

Una vez coronado el puerto por segunda vez (aunque en sentido opuesto a la primera) la pista seguía discurriendo en altura, en sentido ascendente desde el desvío hacia el norte.

En esta ocasión, noté un pequeño hormigueo en la barriga, como una sensación de ligereza parecida a la que se siente cuando falta azúcar en la sangre. Lo interpreté como síntoma de soroche y me zampé una torta para remediarlo.

Por casualidad, descubrí un método infalible para mitigar otros efectos desagradables del mal de altura. El golpe que me di contra la panadería, me evitó sentir cualquier otro dolor de cabeza que no fuese el que provocaba la presión del casco sobre el chichón.

El camino seguía subiendo sin cesar. A las llamas (el animal) que encontraba de vez en cuando sobre los matojos amarillentos que había a ambos lados del camino, no parecía importarles, pero el frío iba aumentando.

La pista se dirigía hacia unos nubarrones que comprimían el espacio libre sobre el suelo firme. Se hacía imperioso cambiar las botas mojadas por las zapatillas de gamuza y ponerse el abrigo.

No puedo decir que haya hecho una gran inversión en ropa técnica. No puedo decir que haya hecho ninguna inversión en ropa técnica, en realidad. Ni siquiera puedo decir que disponga de ropa técnica.

Así que, vestido de urbanita de outlet, me encaminé hacia una tormenta a 4.500 msnm. Un atuendo tan ridículo como el de los que se disfrazaron de alpinista para pasear por Madrid durante la borrasca Filomena en 2021, pero al revés.

En la pantalla del móvil podía ver que no faltaba mucho para comenzar el descenso. Durante los siguientes metros el camino se mantenía entre 4.500 y 4.550. Entre las nubes serpenteban 4 o 5 curvas, un pequeño tramo más a máxima cota y comenzaría el descenso.

Con suerte, al cambiar de cara dejaría atrás las nubes y todo se saldaría con un poco de frío. Pero avanzando a razón de 10 km/h el camino se hace largo y lo que parecía poco en la pantalla se antojaba un mundo en la realidad.

Repentinamente, las nubes comenzaron a descargar un granizo tan diminuto como insolente. La tierra se volvió blanca en cuestión de segundos y mi ropa seca se empapó. Me bato en retirada de inmediato. Por segunda vez en el día, me toca volver sobre mis pasos.

Además de un plan alternativo hay que tener algo de coraje para intentar burlar a la Pachamama.

Pareciera que la tormenta viniese a por mí. Cualquiera diría que la Madre Tierra, no contenta con no permitirme el paso, quería dejarme claro quien manda barriéndome de allí. Ya había abandonado, ya estaba apartado de la montaña, y la masa de nubes seguía empeñada en pasarme por encima durante todo el camino hacia La Quiaca por la Ruta 9.

No sé qué muestra más arrogancia, considerar que las fuerzas naturales se confabulan en contra o a favor de uno, o tratar de enfrentarse a ellas sin siquiera haber mostrado el debido respeto.

Según el propietario del alojamiento donde me refugio en La Quiaca, es bastante infrecuente que la lluvia venga, como hoy, desde el sureste. Me lo demuestra empíricamente enseñándome el estado de los muros de adobe de las construcciones que hay en el patio del establecimiento. 

Los que se orientan en esa dirección están intactos, a pesar de los muchos años que tienen, mientras que los que miran a la cordillera se encuentran bastante deteriorados. Pero él no atribuye el cambio de procedencia a una acción de la naturaleza contra el hombre (en este caso, yo) sino más bien, a una consecuencia del cambio climático.

Sea como sea, también me advierte de que es tiempo de que comiencen las lluvias, lo que debe hacerme mantener la precaución cuando inicie mi recorrido por la Ruta 40. A pesar de la aridez de la región, el trazado atraviesa muchas vías de agua que aumentan de nivel rápidamente hasta impedir su cruce.

Además, la zona está muy poco poblada y la ruta casi sin tránsito, por lo que, ante cualquier problema, la ayuda puede tardar mucho tiempo en llegar.

Por si acaso, antes de acometer la Ruta 40, esta vez muestro mis respetos hacia la Madre Naturaleza. Y mi profundo desprecio al conductor del autobús que me sobrepasó casi rozándome poco antes de llegar a la ciudad.

La maniobra me obligó a bajar al arcén lleno de restos de neumáticos destrozados. Como consecuencia, un alambre provocó el tercer pinchazo del viaje.

Cojita en La Quiaca

Parece ser que en el aspecto climático mis oraciones han funcionado. A pesar de que a partir de media mañana el cielo parece estar a punto de caer sobre mi casco en varias ocasiones, espera a hacerlo una vez que estoy debajo de tres mantas en el Hospedaje Guasacucho en Cusi Cusi.

En esta etapa, es la pequeña Boxer la que sufre los rigores del poder superior en su forma pasivo agresiva. En realidad, la mayor parte del trayecto lo hago fuera de la Ruta 40, bordeando por el sur la Laguna de Los Pozuelos.

Durante la parte llana del recorrido, la pista dura y rizada provoca que toda la moto vibre continuamente. Cuando comienza a ascender se vuelve pedregosa, lo mismo que cuando se encañona sobre el lecho de un río, con lo que a las vibraciones, se suman los impactos de las piedras contra los bajos de la pequeña.

Tanto es así que empiezan a aparecer ruidos inéditos en distintas partes de la moto. Algunos no tienen mayor importancia, provienen del equipaje o de los relojes, pero hay uno que viene justo del motor y cuyo origen soy incapaz de localizar.

A la izquierda, las nubes ya están descargando su furia hidroeléctrica contra el suelo. Aunque la tormenta mantiene las distancias, cada vez que me detengo a revisar de dónde viene el sonido, me entran las prisas por seguir antes de poder encontrar su origen.

Pero tampoco puedo ignorarlo. Aunque la moto no ha perdido rendimiento ni tiene un comportamiento extraño, podría tratarse de algo grave.

Tras 4 o 5 paradas, por fin encuentro la causa. Uno de los anclajes superiores del motor ha perdido su tuerca. Milagrosamente, se ha quedado alojada en un recoveco del bloque del motor sin caerse, lo que la ha librado de quedar abandonada para siempre en la puna jujeña.

Supongo que me respetarás ¿eh, Teodoro?

El segundo día por la Ruta 40 parece confirmarse el alto el fuego. Aunque la lluvia ha caído insistente durante toda la noche, el río a la entrada de Cusi Cusi todavía no ha crecido tanto como para bloquear el paso, pero sí lo suficiente para mojarme el calzado.

El cielo está encapotado, pero el frío es soportable. Al costado del camino, una roca antropomorfa de gesto iracundo parece ser la única amenaza palpable de momento.

No pasa mucho tiempo hasta que, estando de parada técnica para secado de pies e intoxicación pulmonar, me da caza un motorista en una Royal Enfield Himalayan.

Snir, es israelí y argentinófilo acérrimo. Está recorriendo la parte de la Ruta 40 que le quedó por hacer en un viaje anterior por el continente.

A los dos nos da alegría el encuentro. No parece que haya muchos viajeros por esta parte del país o quizás sea difícil coincidir en semejantes extensiones.

Él ha hecho todo el recorrido por la 40 y salió hoy mismo de La Quiaca, así que ha pasado un día más tarde que yo por los ríos. Según su testimonio, el caudal ha aumentado bastante, por lo que decidimos continuar juntos en previsión de futuras dificultades.

Aunque prefiero hacerlo solo, en lo que va de viaje no he compartido ni un pequeño tramo con otro motorista, por lo que esta novedad no me desagrada en absoluto. Siempre y cuando respete el ritmo al que me desplazo.

Cosa que hace. Esperando cuando se distancia en los tramos de subida y sin recriminarme que me adelante hasta perderme de vista en los de bajada. A pesar de que tiene prisa por llegar a Susques a la hora del partido Argentina-Países Bajos, no corre más de la cuenta cuando el terreno es favorable.

Llegamos a un pequeño comedor del pueblo justo al inicio del encuentro. La propietaria anda trasteando en la cocina para preparar algo de comida para su sobrino, que espera a 10 cm de la enorme pantalla plana a que esté lista para salir corriendo.

Antes de que comience la tanda de penaltis, un pequeño grupo de personas aparece en busca de algo de comer. La mayoría son peruanos que vuelven en autobús hacia su país. Se han quedado varados en Susques debido a que el paso de montaña por el que deben salir de Argentina ha sido cerrado debido a la nieve.

A parte de los peruanos, las calles del pueblo permanecen desiertas hasta el momento en el que acaba el partido. Entonces, se organizan caravanas espontáneas de vehículos que hacen sonar sus bocinas y ondean banderas y bufandas.

El conductor del autobús peruano, también martiriza el claxon del colectivo de dos pisos. No para festejar la victoria, sino para avisar de que la salida es inminente. Parece ser que hasta la nieve se ha derretido por la emoción del resultado. 

Una de las ventajas de viajar acompañado es que algunos gastos pueden dividirse. Por eso, buscamos una habitación doble en los alojamientos del pueblo. Inexplicablemente, en el alojamiento que encontramos, la habitación cuesta 3.500 pesos por persona, al margen del número de personas que la ocupen. Por lo que no solo no resulta más económico, sino que además significa compartir ronquidos y retrete.

A la mañana siguiente continuamos la travesía. El tercer día por la Ruta 40 discurre por las alturas. Partimos a 3.630 msnm, casi en línea recta hacia el sur remontando un gran valle sobre una pista de ripio que pide enroscar el puño del gas y unas mejores suspensiones. Pero toca ser paciente y aceptar las limitaciones mecánicas del pequeño monocilíndrico alimentado por un carburador. 

Hacia la hora de comer estamos en San Antonio de los Cobres. A partir de aquí, la ruta que voy siguiendo como referencia, abandona la 40 para buscar la cordillera hacia el oeste. Snir, por su parte, tiene la idea fija de seguir por ella para completarla.

Entre que la comida se alarga un buen rato y que el tiempo comienza a empeorar, decidimos pasar la noche allí y llevar a cabo otra de las ideas fijas de Snir: preparar un asado.

Sobre la acera frente al garaje del alojamiento, comenzamos a preparar el fuego en la parrilla que nos ha cedido el propietario. El artilugio consiste en un trípode que sostiene un casquete esférico. De su centro sale un vástago roscado que aguanta una parrilla circular que puede regularse en altura haciéndola girar.

El patrón y Snir discuten acerca de dónde es mejor iniciar el fuego. Israel dice que en el casquete, Argentina mantiene que en la parrilla. Yo, adoptando el papel de Suiza, me abstengo de participar en el conflicto y me voy a sazonar las carnes que hemos comprado en una tienda vecina.

Argentina se impuso en la disputa a pesar de que su método era más engorroso. Pero es que el patrón es un exgendarme, retirado del empleo pero no del sentido autoritario. En su doble condición de invitado (al asado) y anfitrión, acapara gran parte de la charla.

Fanfarronea sobre los vehículos que posee, la cuantiosa paga que recibe por no hacer nada y cómo su alojamiento turístico no es más que una excusa para mantener ocupada a la familia. Si por él fuese, se largaba de San Antonio de una vez por todas.

Mientras machacamos entre nuestras mandíbulas los tejidos de otros mamíferos, el patrón nos habla de los rigores de la vida en San Antonio. De entre todos los aspectos peculiares del lugar, le molesta especialmente la ausencia de locales de esparcimiento.

Dice que esto se debe a que la mayoría de los vecinos apenas salen de sus casas. Se refiere a ellos como indígenas o bolivianos indistintamente. Según él, solo conocen dos tipos de ocio: sentarse a mascar coca a la puerta del kiosco o encerrarse en casa para ver la tele y organizar orgías incestuosas.

Finalmente he decidido continuar con Snir una etapa más, hasta que comience el asfalto. Hoy el frío es bastante intenso y salimos abrigados desde el principio. Pronto alcanzaremos un punto emblemático de la ruta, el Abra del Acay, rozando los 5.000 msnm.

Durante el ascenso, la moto acusa la altura más que nunca y avanza a duras penas. Como la pista está húmeda y el aire es cristalino me arriesgo a quitar el filtro de aire. ¡Por fin! parece decir la motito.

Sin más obstáculos que un sotoguante y una rejilla metálica, el poco oxígeno disponible parece entrar en cantidad suficiente para permitirme engranar hasta la tercera marcha.

Nos acercamos a la parte nevada del recorrido. Hay algunas huellas recientes de motos y un coche, aunque después de que hubiesen pasado ha vuelto a nevar un poco.

La cima está totalmente cubierta de nubes. Es una incógnita saber qué encontraremos ahí arriba, pero hay una gran diferencia entre afrontarla en solitario que con un acompañante. Subimos despacio pero sin detenernos durante el último tramo antes de coronar. La pista ya está totalmente cubierta de nieve y el viento intensifica el frío.

Unas fotos en el paso, devolver el filtro a su luga y comienza el descenso. Esa cara de la montaña es mucho más amable en cuanto al clima, pero también más generosa en cuanto al agua que baja ladera abajo.

Conforme vamos perdiendo altura, los torrentes ganan caudal. En varios de ellos toca detenerse a estudiar el mejor paso. Y, finalmente, llega el que nos plantea más problema.

Para elegir por dónde cruzarlo no queda más remedio que meterse en el agua. En el fondo hay rocas bastante grandes y la cantidad y la fuerza con la que baja el agua no son despreciables.

La moto de Snir se queda encallada. El escape, sumergido, emite un gorjeo de sonido grave y angustiante, pero al menos la moto no se ha parado y ha conseguido mantenerla vertical. Entre los dos logramos sacarla.

El siguiente obstáculo ya se encuentra bastante abajo. Una buena porción de la pista ha sido arrastrada por la corriente, lo que nos obliga a trepar ladera arriba para encontrar un paso.

A la pendiente se suma un terreno pedregoso. Hay que ser feroz con el gas y el embrague y hacer oídos sordos a los golpes de las piedras contra el metal. La Boxer trepa como una cabra. Solo queda bajar unos metros por el agua y salimos al otro lado del camino.

A la Royal Enfield le cuesta un poco más, es más pesada y voluminosa. Empujar desde la parte trasera de la parrilla mientras la rueda patina escupiendo piedras y barro me deja con aspecto de motorista aventurero.

Resulta ser el último obstáculo considerable. Entramos mojados de aguas frías y sudor en los valles Calchaquíes, contentos, satisfechos y disfrutando de unas pistas más amables.

Ha sido uno de los tramos más difíciles hasta el momento. Ha sido una suerte para ambos hacerlo acompañados y es motivo para pararnos en Cachi a comer asado. Una parrilla humeante churrasca lechón y chivo que se sirve en raciones generosas acompañado de ensalada de papas.

La sobremesa transcurre encima de la moto, atravesando la quebrada de las flechas, buscando llegar a Cafayate. Aunque un poco antes, en San Carlos ya estamos cansados, y encontramos un buen lugar donde dormir.

Además de la habitación, disponemos de una cocina y un patio con parrilla. Definitivamente, Snir es de ideas fijas. Quiere su asado y no seré yo el que se lo niegue. Como ya es algo tarde, no encontramos nada de carne en el pueblo, aunque alguien nos sugiere que preguntemos en la panadería, que también son los dueños de la carnicería anexa.

La amable dependiente nos consigue de estraperlo 2 kg de chorizo y un par de tiras de asado de su reserva particular. El rojo vivo del carbón es un brillante colofón para un día de moto insuperable. Mañana nos separaremos en Cafayate.

Un motorista de naturaleza solitario disfrutando de rodar en pareja. Una Madre Tierra que lo mismo te arroja un devastador flujo magmático como te regala las cepas que abundan en este valle y de las que se obtienen excelentes uvas. Viva la contradicción. Y el vino.

14 comentarios

  1. ¡Qué bien os vino a los dos la compañía en esos parajes tan ásperos!
    Y ahora cada uno por su camino, ¡Qué bien también!
    ¡Salud y palante!


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