Sudamérica—30.01.2023

10. ¡Qué aparato!

Se puede intuir el origen griego de sus antepasados por su rostro. Nariz afilada, cejas oscuras y pobladas, ojos avellana. Podría pasar por un cura ortodoxo con su larga barba. Pero también se da un aire al fakir de Tintín.

Además de la delgadez, provocada por una billetera desocupada la mayor parte del mes, y la piel tostada del que vive al aire libre, son los ojos los que me recuerdan al personaje de Hergé.

Su mirada revela un turbulento estado mental y emocional. No es clara, pero tampoco turbia. En realidad, no es nada por completo ni solo una cosa. El registro de expresiones es amplio y cambiante. Tan pronto brilla de entusiasmo como se torna dura y penetrante. A veces se muestra vacilante y por momentos se apaga como si padeciera cataratas o estuviese mirándose hacia adentro.

Esos cambios se van sucediendo según sea el tema de sus frecuentes soliloquios. Los ojos centellean cuando habla de música blues y guitarra, se enfurecen cuando toca un tema político y se entristecen recordando episodios dolorosos del pasado. Otras veces, casi parecen querer salir furiosos de sus cuencas por un motivo misterioso que quizás ni él mismo conozca.

Raúl, por ponerle un alias, es la única persona que está por el camping del sindicato Luz y Fuerza, caminando ayudado de una muleta de madera. En la explanada, a la que se accede directamente desde la Ruta 40 en la salida sur de Cafayate, hay unas pocas tiendas montadas, pero sus ocupantes deben de estar por ahí.

Sobre el suelo terroso se reparten numerosas parrillas, algunos quinchos y abundantes puntos de agua. Al fondo, un gran pabellón con sanitarios. El terreno está seco, hace calor y los árboles, no muy frondosos, apenas hacen sombra. Menos a mediodía.

Por suerte, uno de los quinchos más grandes está desocupado y me puedo instalar allí con idea de pasar algunos días. Por apenas 700 pesos por noche, hay toma de luz, agua potable e incluso wifi.

No es acogedor ni tiene ningún encanto. Pero cumple con lo necesario para tomarse un tiempo para hacer la colada, pegar la suela de las botas, poner a punto la moto y volver a la austeridad después de las etapas pasadas con Snir. Aunque por su culpa (o gracias a él) se ha abierto la veda de los asados y me prometo a mí mismo que esa parrilla va a humear una de estas noches.

Raúl y yo, de momento no hemos roto el hielo. No es hasta la tarde, cuando coincidimos en una tienda cercana, cuando nos saludamos. Después de hacer mis compras le encuentro de camino al camping, le ofrezco subir a la moto, pero prefiere caminar aunque sea a duras penas.

A la mañana siguiente se acerca a mi quincho. —¿Me invitas a un café? Ese aroma me está matando.

Un café no se le niega a nadie, eso lo sabe todo el mundo, pero en la forma de pedirlo hay además un deseo genuino que sería inhumano no satisfacer.

Su tienda está a pocos metros de la mía. Es un modelo simple y pequeño. A su lado no hay vehículo de ninguna clase y todo lo que le he visto manejar es una bombilla para el mate y un gran termo verde que arrima de vez en cuando al poste de la luz para calentar, gracias a una resistencia, el agua para su bebida.

El primer café viene acompañado de la primera conversación. Más que un viajero, Raúl es un buscador (valga la posible redundancia). Lleva un par de meses en la carretera, con intención de recorrer lugares hasta encontrar uno en concreto.

Uno donde poder establecerse, donde poder emprender alguna actividad que le permita completar la exigua pensión de invalidez, apenas suficiente para pagar medio mes de camping.

Una herida en la pierna es la que le hace cojear. Se trata de un recuerdo de otro viaje, un conductor bebido le arrolló mientras él andaba con su bicicleta por tierras brasileñas. De eso hace ya varios años, desde entonces no se ha llegado a curar.

Su trayectoria vital es una sucesión de altibajos en un ir y venir de relaciones con finales tormentosos, adicciones y decisiones arriesgadas desde que decidió dejar atrás Buenos Aires y a su familia.

A lo tonto, el café se alarga hasta la hora del almuerzo, y la comida, hasta el atardecer. Las operaciones de mantenimiento de la moto tendrán que esperar hasta mañana.

No tan rápida pero sí brillosa

A la moto le toca hacer cambio de aceite. Antes de eso, en el lavadero Rápido y Brilloso la han dejado como nueva. Tan reluciente que no parece que haya pasado los últimos días atravesando ríos, pistas polvorientas o nevadas y sorteando obstáculos fuera de pista, lo que resta credibilidad al postureo aventurero mientras recorro las tiendas de repuestos y talleres de la localidad.

También estoy buscando algún chiclé de menor paso para ayudar al desempeño del motor en las etapas de más altura. Cafayate es uno de los lugares más turísticos y grandes sobre la Ruta 40 desde La Quiaca hacia el sur. Hay bastantes tiendas de repuestos, pero en ninguna tienen esta pequeña pieza.

Por fin, en un tallercito, sacan de una caja un par de chiclés de los calibres que busco. Me los dan por un precio simbólico. Allí se encuentra Camilo, un bogotano que está volviendo desde Ushuaia también en una Bajaj, pero un modelo más sofisticado y potente. Tampoco han encontrado para su moto recambio del filtro de aire, pero el mecánico ha adaptado el de otro modelo.

Como Camilo, o yo mismo, muchos viajeros de toda clase paran unos días en el pueblo. Algunos de ellos incluso hasta se quedan para siempre. En la puerta del taller, un chaval se interesa por la moto y empieza a hacerme preguntas de todo tipo.

Jonás debe de tener 11 o 12 años, el pelo largo, los dientes desordenados y los restos de una herida enorme en el brazo. Se la hizo al caer de su vieja bici cuando practicaba caballitos. La bici de su padre, Asher, también es vieja. De esas con un manillar enorme y los frenos de varilla.

Ellos son unos de esos que pasaban por aquí y decidieron quedarse. Ahora viven en las afueras, hacia la montaña. En su casa hornean panes por encargo y luego salen de reparto con sus bicicletas, sus melenas y sus camisas de cuadros. Apúntenme dos para mañana.

En el camping, Raúl me ayuda con la moto. Uno de sus trabajos fue sobre una, como mensajero en Buenos Aires. También le gustan toda clase de cacharros con motor y ruedas, pero sus dotes para la mecánica no son mucho mayores que las mías.

Las operaciones de mantenimiento se llevan a cabo con éxito. Sin embargo, el cambio de chiclé presenta un pequeño dolor de cabeza. Aunque ya no estamos en altura y por lo tanto no es preciso cambiarlo, se trata de practicar el cambio de la pieza sin retirar el carburador.

De esta manera, cuando esté de ruta y sea necesario, podré realizar la sustitución y mitigar un poco la falta de oxígeno en la combustión mediante la reducción de la cantidad de combustible en la mezcla.

Para tratar de acceder al lugar donde se aloja el chiclé hay que girar el carburador. Para eso hay que retirar la cortina que se acciona con el cable del acelerador. Desgraciadamente, ni así gira lo suficiente como para acceder a los tornillos que hay que sacar.

No hay que ser ingeniero para aflojar unos cuantos tornillos, cambiar una pieza por otra y volver a enroscar los tornillos en su lugar, ya. Por alguna razón, al devolver todo a su sitio y poner la moto en marcha, el cable del acelerador no hace su trabajo y el motor se acelera escandalosamente.

Hacer este ensayo debería haber llevado unos pocos minutos, pero por más que monto y desmonto la cortina, la moto continúa acelerándose. A partir de ahí comienzan una serie de operaciones sin sentido para buscar el origen del problema.

Con Raúl como asistencia, desmontamos el puño del gas, quitamos el depósito de gasolina, volvemos al carburador… todo ello en varias ocasiones y sin resultado. ¿Quién me mandaría tocar donde no sé? El desespero va en aumento. 

Raúl, empieza a inspirar y espirar por la boca lentamente y decide retirarse. Bueno, yo me estoy impacientando desde hace rato, pero tampoco es para tanto. En una de esas, aflojo el tensor del cable del gas y, como vinieron, las aceleraciones indeseadas, se fueron. La operación chiclé queda pospuesta indefinidamente.

Mi residencia es un buen refugio contra el sol y las tormentas que se suelen dar a final de la tarde. La lluvia deja un atardecer fresco, con una hermosa vista a la sierra calchaquí iluminada por el sol hasta que se oculta detrás de los cerros que hay a nuestra espalda, desde donde llegan las tormentas.

Este rincón se ha convertido en una sede social, por el resguardo que proporciona y la compañía que nos hacemos. A partir del primer café, cuando estoy en el camping, Raúl y yo compartimos mesa, menú y ratos de charla y música. A veces, acompaña la reunión con un vaso de vino. Un pequeño lujo que se permite.

La posibilidad de contar con un hornillo donde cocinar le ha animado a comprar una olla. Como es bastante grande, en ella podemos guisar una cantidad suficiente para los dos y usar la mía para preparar ensaladas. 

En nuestra sede, acogemos a otros campistas que se quieren unir a nuestra pintoresca dupla para pasar un rato. Un par de perros rubios también vienen cada noche a tumbarse a nuestros pies. Deben de ser hermanos, macho y hembra. Cada día, el perro aparece con marcas de una nueva pelea en su cara. Cada día, Raúl le agarra del hocico y le dice: ¡Qué aparato!

Además de la gente que va y viene por el camping, también en el pueblo he hecho algunos amigos. Me suelo encontrar con Asher y Jonás cada vez que ando por el centro. En el bar donde voy a ver los partidos del mundial de fútbol, el día de la final algunos ya nos saludamos como viejos conocidos.

Por supuesto, la euforia por el resultado hace que los abrazos y las botellas de cerveza se repartan generosamente. 

Nada más terminar el partido, las calles se llenan de gente que peregrina hacia la plaza para seguir la fiesta. Raúl debe de ser de los pocos que no está celebrando el título.

Los más jóvenes y bullangueros se juntan en el centro de la plaza. Unos tocan tambores, algunos se encaraman en la base del mástil que hay en el centro, otros ondean banderas mientras el resto lo registra todo en su teléfono móvil. Y todos cantan.

Un par de chavales con los que he coincidido en la tienda mientras compraba cerveza me invitan su casa para continuar la celebración.

En el acceso al patio tienen colocado un banco y una mesa al lado de un gigantesco altavoz con luces. Es pura fantasía de colores pero no de sonido. Aproximadamente, cada 30 segundos se corta la conexión inalámbrica o la corriente. 

Eros Ramazzotti atrona entrecortadamente, lo que lo hace aun más irritante e impide cualquier tipo de conversación. Los chavales ya han camelao a base de bien, pero siguen dándole al licor café entre mascada y mascada de hoja de coca.

Yo estoy apurando una botella de vino que estaba a medias sobre la mesa. Es el vino de la casa, literalmente, porque lo hace su padre. Está realmente rico. 

El chico más joven es la estrella del equipo del barrio San Cayetano. La coincidencia con el nombre del barrio donde me crié le arranca el gesto de regalarme una camiseta con la que entrena que besa mirando al cielo antes de entregármela.

Cuti, otra figura local ya retirada, se ha unido a nosotros. A la vez, el fan de Eros ha desaparecido en dirección a la cama, marcándole el camino al otro chaval, que se retira mientras yo estoy en el baño. Aunque es pronto, la fiesta en esta casa ha durado poco.

Yo también me marcho para cumplir con mi cita de mañana. Raúl y yo vamos a dar un paso importante en un pequeño emprendimiento que busca completar su pensión mediante la venta de unas tarjetas de felicitación.

Parece una idea sencilla, pero nos ha llevado un buen tiempo de reuniones hasta que hemos dado con el producto indicado. Incluso hemos realizado un pequeño estudio de campo para analizar el mercado y localizar los proveedores.

Se trata de un proyecto modesto, pero que debe cumplir una serie de requisitos de conceptualización muy concretos antes de ponerlo en marcha. A decir verdad, hemos tenido unas pequeñas luchas entre nosotros hasta ponernos de acuerdo. Sus ojos y algún que otro episodio de inspiraciones y espiraciones dicen que, internamente, él también las ha tenido consigo mismo.

Pero tanto la idea como los paseos y contactos que hemos hecho recopilando información y contactos, también le han dado un poco de optimismo hacia el futuro y unos buenos ratos para los dos.

Ahora somos compinches, como dice Raúl, y en un par de días tendremos en nuestras manos un taco de felicitaciones en 8 modelos listas para ser vendidas.

Raúl es de esas personas que tienen elegancia natural. Como un porte aristocrático que se deja ver en la manera de moverse, de comer o de cruzar las piernas al sentarse. Es extremadamente educado, y sabe cómo dirigirse a los demás en el tono correcto. Aunque su manera de vivir deja un pátina visible, no descuida su aspecto y hoy, el día de salir a vender, lo ha cuidado especialmente.

Hacia el final de la mañana aparece por el camping. Viene cansado, pues se marchó muy temprano y se ha pasado bastantes horas caminando con su cojera. Pero trae buenas noticias, ha vendido casi las dos terceras partes de la primera tirada.

Con lo que hemos sacado, podemos hacer una reimpresión antes de las fiestas y todavía quedará dinero para no tener que preocuparse por el alojamiento hasta que cobre la pensión.

Estamos contentos. ¡Esa parrilla va a humear esta noche!

Otros que están contentos

Como el par de compinches que somos salimos después de comer a buscar la carne que asaremos más tarde. Según nos ha dicho alguien, se ha decretado festivo nacional por la victoria de la selección. Achacamos a eso que todos los comercios estén cerrados.

Por fin llegamos a una tienda de venta a mayoristas. Es uno de esos almacenes de estantes gigantes llenos de productos en formatos industriales. Aunque también se vende al por menor género envasado en tamaños razonables, no es el caso de la carne, que se presenta congelada en bloques talla regimiento.

Ya que estamos allí, decidimos cambiar el menú que constará de exquisiteces selectas de las que no solemos disfrutar muy a menudo: caballa, tuco de mariscos, garbanzos en remojo y maní cervecero con chile y lima.

De vuelta al quincho, nos damos cuenta de que la actividad comercial de Cafayate ha vuelto a la vida. No es que estuvieran de resaca, o disfrutando del día libre que graciosamente ha concedido el gobierno, es que es verano y entre las 13 y las 17 h se duermen siestas de campeonato.

Por lo tanto, el destino de las recién adquiridas latas pasa a ser la despensa motoviajera, que conviene reponer teniendo en cuenta que mañana vuelvo a las andadas. Y nosotros hacemos un alto en la carnicería.

Vamos recomendados por la tucumana. La encantadora cajera de la tienda que hay frente a la carnicería. Ella y su marido, regentan un pequeño bazar en el que despachan artículos variados sin nada más en común que poder ser vendidos.

Raúl compró aquí su olla. Otro día, el marido de la tucumana le puso un cristal protector a la resquebrajada pantalla de mi teléfono. El día que durante nuestro estudio de mercado pasamos a visitarles y a chusmear la mercadería, la tucumana nos habló de las excelentes carnes y mejores precios de su vecino de enfrente.

Por lo visto, el carnicero hace un corte particular de no sé qué parte de la vaca. Según el tucumano es más sabroso y más barato que la tradicional tira de asado. Lamentablemente, hoy ya no le queda, ni yo recuerdo el nombre en este momento.

Pero lo importante es que hemos conseguido la carne que necesitábamos. A pesar de que Raúl va recopilando restos de carbón y madera que quedan abandonados en las parrillas del camping, compramos también una bolsa de carbón.

Supongo que el hábito de recuperar todo aquello que puede llegar a ser útil se desarrolla especialmente con la vida callejera. Lo mismo que la necesidad le obliga a prestar atención e interesarse por el precio de las cosas.

La frutera, frente al mostrador de la carne, que ha debido de estar atenta a nuestro aspecto, nuestras preocupaciones económicas y nuestra conversación con el carnicero, decide contribuir con la celebración regalándonos los tomates para la ensalada deseándonos que lo pasemos bien.

Cuando Raúl está relajado y se olvida por un momento de su drama, abandona el soliloquio y es un excelente conversador. Es divertido, perspicaz y tiene un buen repertorio de conocimientos e intereses.

Tuvo incluso su etapa de parrillero. Se toma muy en serio la preparación del fuego y el acondicionamiento de la parrilla, a la que tenemos que proteger de las ya clásicas gotas que caen al final de la tarde.

Por un momento parece que la tarea esté a punto de traerle a los ojos la expresión del agobio, pero finalmente domina lo que sea que le queme por dentro con la misma destreza que maneja las brasas. Esta vez sin tener que recurrir a los ejercicios de respiración.

Ha preparado la carne en dos puntos diferentes, uno a su gusto y otro al mío. Hay ensalada de tomate, vino y cerveza. La noche está calmada y nosotros contentos. Los perros hermanos cenan huesos con nosotros y mi aparato favorito está listo para salir mañana. El plan es irnos, aparato de 2 ruedas y yo, a pasar las fiestas los dos solos a la montaña.


Entrevista en ungranviaje.org

Prácticamente acababa de empezar el viaje por Sudamérica cuando recibí un mensaje de Pablo Strubell para participar en su pódcast con una entrevista acerca del viaje por África.

Pablo es la mitad de ungranviaje.org junto a Itziar Marcotegui. Ambos, son viajeros apasionados y entusiastas de la comunicación. Son autores de varios libros, organizadores de la Jornadas de los Grandes Viajes y mantienen el pódcast, la web y el blog con multitud de contenidos interesantes.

Si no les conoces te recomiendo que eches un vistazo a su web y, sobre todo, si te gustan las historias de viajes, escucha su pódcast. Hay cientos de entrevistas a gente muy variada con experiencias de todo tipo alrededor del mundo.

Ya que estás aquí, te sugiero que empieces por la mía.

8 comentarios

  1. Me encanta, me encanta!!! Cuanta lectura y aventuras, compinche y parrilla!!! Mil besos

  2. Me encantó la entrevista. Complemento del libro. Con ganas de más!!! Mil besos


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