Sudamérica—19.12.2022

08. Altos, bajos y stendhalazos

No era para tanto la Picada 500. Bien es verdad, que una parte del camino se está preparando para ser asfaltada próximamente, por lo que las máquinas ya han raspado y nivelado la calzada. Aun así, el resto, no es más que una repetición de lo ya conocido: una pista recta y llana. Monótona y polvorienta.

Claro está que recorrerla a velocidad de paseante lesionado, sobre una pequeña moto que puede esquivar fácilmente los ocasionales obstáculos debe de ser muy distinto de hacerlo en camión o autobús o después de unas lluvias más intensas.

A pesar de que anoche, desde La Garita, se veían relámpagos en el cielo, no ha debido llover. A las 7 de la mañana la televisión ya está prendida y los comentaristas repasando las alineaciones de las selecciones de Argentina y Arabia Saudí.

Con el 1-0 a favor de los sudamericanos, emprendo la marcha. El cielo está del color de la bandera Argentinna, con alguna nube blanquísima sobre el azul limpio. Todo son buenas noticias, imagino que el personal estará de buen humor cuando llegue a la frontera.

Una vez que este tramo esté asfaltado, el tránsito comercial por corredor bioceánico que une Brasil, y Argentina (también Bolivia), atravesando todo Paraguay, supondrá un impulso para esta zona.

A pesar de que ya hay un puente internacional sobre el río Pilcomayo, Pozo Hondo en el lado paraguayo y Misión la Paz en el Argentino, siguen quedando alejadas de cualquier otro sitio.

A parte de algún lugareño que transita libremente, soy el único visitante de las dependencias oficiales migratorias y aduaneras a cada lado del río. Funcionarios, policías y militares, me dispensan un trato amigable, mostrando más interés en el viaje que en los documentos y los formalismos.

Ajetreo en la frontera

Mientras yo tragaba polvo, la selección argentina ha caído derrotada contra todo pronóstico. A pesar de eso, nadie paga su frustración conmigo, al contrario, el resultado da pie a la solidaridad deportiva.

Del lado paraguayo, no tienen nada que objetar a facilitar mi salida. Del argentino, en las oficinas de migraciones y aduanas, el trato es impecable, con todo tipo de indicaciones, sugerencias y aclaraciones.

A parte de las dependencias oficiales, no hay nada más en los alrededores. Ni cambistas, ni comercios, ni nada que se le parezca. Afortunadamente, Enzo, un chaval de Pozo Hondo que está haciendo unas consultas en la oficina de aduanas, me cambia a buen precio los pocos guaranís que me quedan por pesos argentinos.

Ciertamente, mi corta experiencia en el chaco paraguayo no ha sido la mejor. Debido sobre todo al estado físico, el anímico no ha levantado muchos metros sobre el nivel del mar. Pero el cambio de país pone de nuevo el contador a cero.

Los primeros kilómetros en Argentina continúan parecidos. La pista de grava se extiende en línea recta desde La Paz hasta Santa Victoria, la primera población importante. No hay casi nadie por la calle. El único hospedaje está cerrado a cal y canto y no me es posible cambiar dinero ni conseguir una tarjeta telefónica.

Antes de quedarme varado aquí, ya que aun es temprano, opto por continuar hasta la siguiente población. No es un gran contratiempo, pero esperaba descansar una vez cumplido el objetivo del día.

A partir de Santa Victoria comienza el asfalto que me debe conducir rumbo oeste hasta la Ruta 34. Desde allí, hacia el sur, la vida debe volverse más sencilla. Mucho antes, la aparición de la silueta de unas montañas en la distancia vuelve a alegrarme la vida.

¡Montaña a la vista!

La orografía obliga a la carretera a retorcerse. Encadenar más de tres curvas seguidas es una auténtica novedad después de varios miles de kilómetros recorridos.

Unos kilómetros antes de llegar a la carretera principal, llego a un control policial. El agente, revisa mis documento y solicita permiso para revisar mi equipaje. Un vistazo superficial es bastante para cumplir con el protocolo. De nuevo, hay más interés personal por el viaje que oficial por el viajero.

La noche va cayendo, la carretera discurre por la llanura, otra vez en línea recta pero en este caso con mucho tráfico. Y otro control policial superado sin problemas.

El grifo de la gasolina ya está en posición de reserva y en la estación de servicio no queda combustible. Antes de ponerme a dar vueltas para buscar alojamiento debo reponer la gasolina.

Debo ser suave con el gas, tengo que llegar hasta Tartagal y ahí, ya sí, dar por finalizado este día tan largo. La moto aguanta hasta llegar a la siguiente gasolinera. Pago con tarjeta para reservar el efectivo. Casualmente, en el primer hotel que encuentro, la noche cuesta lo mismo que lo que suman los billetes que tengo.

La situación económica del país es bastante desastrosa. Hay varios tipos de cambio con diferencias de hasta casi el doble. He pagado la gasolina al cambio oficial, o sea, muy cara. La habitación ha salido algo mejor, porque en la frontera me hicieron buen precio, pero aun así el importe es alto.

Cansado, con la moto cargada, de noche y sin conocer la ciudad, no me apetecía andar dando vueltas por ahorrarme unos pesos. Los policías me han advertido sobre el riesgo de andar de noche por la ciudad. Según ellos, la probabilidad de que me roben es bastante alta.

Claro que, según otras personas, la probabilidad de que la policía me extorsione llega casi al 100% y en estos primeros encuentros no ha habido nada de eso.

A la mañana siguiente estoy ansioso por continuar. Después de conseguir algo de dinero a un precio razonablemente bueno retomé la Ruta 34. A mi derecha, las montañas me llaman a gritos para que me aleje de los camiones y el asfalto.

Así que les hago caso y me desvío por un camino. Una barrera impide el paso. Se trata de un puesto de control de una empresa petrolera que explota unos yacimientos ladera arriba.

En el mapa, el camino asciende por la montaña hasta la cota más alta, desde donde se alcanza a ver territorio boliviano. Luego continúa en descenso hasta retomar la carretera.

El señor de la garita al principio duda de que eso sea así. Para él, el camino acaba en las instalaciones de la empresa que le paga y, en cualquier caso, la pista está fea y duda de que pueda recorrerla con mi moto.

Pero tampoco puede oponerse a que lo intente. Aunque el acceso esté controlado por su empresa, el camino es público y solo tengo que rodear su garita para que sus jefes no le vean levantándome la barrera.

Todavía en el valle, la pista discurre entre vegetación muy densa por suelo arenoso. El camino está señalizado con todo tipo de advertencias de circulación, respeto a la naturaleza, e indicaciones para llegar a las instalaciones de la explotación.

A la altura de un río seco, en un panel se detallan las instrucciones sobre el modo de cruzarlo con un protocolo bastante estricto. Supongo que se aplicarán cuando baje agua, porque hoy el paso está abierto y no hay nadie controlando.

Después, la pista se vuelve pedregosa y comienza a ascender. Las rampas, que deberían ser como paredes, no son obstáculo para la máquina, que va dando cuenta de ellas, una tras otra.

Una vez que sobrepaso las oficinas de la empresa, me paro a descansar un poco. En las ramas altas de los árboles alcanzo a ver un tucán. A mi altura, un colibrí está haciendo un repaso a la botánica que hay al pie del camino.

Un todoterreno se acerca por detrás sacándome de mi embobamiento. El encamisado conductor se detiene y empieza a hacerme algunas preguntas. No es ni amable ni maleducado. Solo quiere saber qué hago por allí y avisarme de que estoy en propiedad privada.

Eso no es del todo cierto. Su empresa se encarga de mantener el camino en condiciones, por la cuenta que les trae, pero no pueden impedirme que circule por él. Pero tampoco está seguro de que más allá del pozo 1009 se pueda continuar.

Recientemente han limpiado el tramo de la pista que lleva hasta ese pozo, que ya está abandonado y se encuentra en proceso de desmantelamiento. O sea que hasta allí se puede llegar sin problema.

Después de ese pozo se acaban sus intereses comerciales, por lo tanto, desconoce el estado en el que se encuentra el tramo que enlaza esta pista con la que debe devolverme a la carretera. Después de 30 años trabajando en ese lugar, jamás ha pasado por allí y no sabe de nadie que lo haya hecho. Que la jungla se haya apoderado del camino eso una posibilidad nada desdeñable.

Por otra parte, no quiere despedirse sin antes advertirme del tipo de lugar que estoy transitando. Como punto remoto de montaña, próximo a la frontera boliviana, los contrabandistas de hoja de coca lo utilizan como paso de su mercancía.

Debo tener cuidado con ellos y también con los militares de paisano que andan por allí controlando. Uno debe informarse de dónde se mete antes de tomar según qué caminos, comenta en tono de reproche. No obstante, si tengo algún problema, puedo pasar por las instalaciones a pedir ayuda.

Ya es la tercera o cuarta advertencia que recibo sobre el peligro que corren mis pertenencias y mi vida. No andes por Tartagal en la noche. Ni se te ocurra pasar por Tucumán. A la policía, ni caso. Ojito con los contrabandistas.

Después del pozo abandonado, se nota que hace tiempo que nadie pasa por allí. Pero a parte de las ramas caídas y las plantas que han nacido en la pista, se puede pasar sin problemas por el tramo que lleva a la pista que viene desde la otra vertiente.

Desde ella hay una hermosa panorámica hacia Bolivia, aunque se avista un peligro evidente. Hacia la izquierda se puede observar un incendio que avanza en dos frentes, uno hacia el norte y otro hacia donde me encuentro.

Eso sí que da miedo. Todas las montañas están cubiertas de pura jungla. Con un poco de mala suerte, la escapatoria sería del todo imposible.

Sal si puedes

Pese a todo, continúo el recorrido que ya comienza a descender. Ya abajo, en el último tramo unas obras me cortan el paso. Parece ser que debo tomar un desvío que conduce a una finca.

Un trabajador de la propiedad niega que pueda llegar desde allí a la 34, pero un joven hacendado le da instrucciones para que me indique cómo hacerlo. Tengo que dejar a mi izquierda los silos de maíz, cruzar un pequeño puente y continuar por el lateral de un sembrado hasta salir de nuevo al camino.

Este tramo resulta el más complicado de todos. Toneladas de polvo tan fino como el talco tapan tremendos socavones. La moto avanza a trompicones levantando una gran polvareda y el costado vuelve a molestar. Desde que subí el petate por las escaleras del hotel, me ha vuelto el dolor.

Finalmente vuelvo al camino y me topo con una nueva barrera. El encargado de alzarla tiene la presencia de un galán de cine. Le sorprende verme aparecer por ese lado de la puerta y me pregunta por la situación del incendio.

Marcelo Guaymás me cae bien al instante. Así que apago el motor y me siento a charlar con él un rato. Marcelo, Marcelito, el turco, el flaco… como le conocen en su ciudad (embarcación, la próxima que encontraré yendo hacia el sur) lleva unos meses como encargado de controlar el acceso.

Por ese camino se llega a otra explotación petrolífera, que a punto ha estado de hacer honor a su nombre tras el paso del incendio. También se accede a las posesiones de su patrón, que se dedica al negocio maderero.

Marcelo tiene que registrar el paso de los camiones que salen cargados de troncos con destino al aserradero. Dos por día. El resto del tiempo no tiene gran cosa que hacer, así que se ha dedicado a adecentar un poco el puesto, pintando las vallas, encalando los troncos de los árboles y las piedras que dispuesto formando arriates.

Apenas lleva 3 meses en ese puesto. La caseta junto a la barrera es su casa durante 11 días, después de los que disfruta de otros 4 libres que dedica a encontrase con amigos para el asado y la joda.

Marcelo tiene poco más de 50 años, es un hombre inquieto que ha zascandileado de acá para allá, aunque también tiene inquietudes sociales y varios proyectos en marcha para contribuir a la prosperidad de su ciudad. Solo necesita algo de plata y sortear algunas trabas institucionales.

Asegura que estamos en zona caliente. No porque los rescoldos del incendio, que milagrosamente ha pasado rozando la explanada donde se encuentra la caseta, continúen humeando, sino por la cuestión del tráfico.

Los que se dedican a pasar la mercancía, usan motos pequeñas del tipo de la que llevo yo. Por otro lado, los milicos permanecen atentos a cualquier movimiento extraño. La manera de proceder de unos y otros suele ser disparar primero y preguntar después.

Por lo visto hoy es mi día de suerte. No solo he salido vivo de allí, sino que disfruto de un encuentro muy agradable, una charla amena y varios vasos de agua fría.

Como ya es tarde, hago caso a Marcelo y conduzco hasta Embarcación, en busca del Hotel Johnny, propiedad de un motoquero amigo suyo.

Después de la excursión por la montaña, solo pienso en abandonar la 34. Para eso tengo que continuar varios kilómetros hasta llegar al desvío al Parque Nacional Calilegua. De modo que me limito a hacer noche para continuar al día siguiente.

Tras de pasar el trámite de la llanura por la que discurre la carretera, por fin me encaro hacia la montaña fuera del asfalto con el entusiasmo subiendo con cada cota.

Al contrario que la excursión petrolífera, el camino que comienza parece no tener fin. Es la puerta de entrada a la parte argentina que más ganas tengo de conocer

La pista pronto comienza a ascender las laderas de la sierra. Es sencilla, lo que permite recrearse en el paisaje de selva montañosa y su evolución conforme va ganando altura.

Estas laderas que miran al este, tienen una exuberante apariencia tropical. Se siente la humedad y el aire templado. Se trata de una zona turística, hay numerosos miradores con paneles informativos sobre la biodiversidad que caracteriza este ecosistema. Rival en variedad con la selva amazónica.

Otros, advierten de las precauciones que hay que tomar si uno se encuentra con un felino. Aquí los peligros parecen provenir de fuentes no humanas. Los únicos homínidos que me encuentro son un grupo de ancianos armados con prismáticos  con uniformes de Dr. Livingstone, supongo.

Todo el trayecto hasta San Francisco es una borrachera de belleza natural. En el pueblo, hay una gran oferta de alojamientos, incluyendo un pequeño camping que resulta elegido para morada.

En Los Ocultos, me recompongo física y mentalmentede de las últimas semanas chaqueñas. Hago la colada, paseo por los alrededores, cuido de la moto y vuelvo a meter las manos en la masa.

Apenas he empezado a trepar estas montañas. A lo lejos se supuerponen multitud de siluetas escarpadas en azules que van perdiendo intensidad hasta desvanecerse confundidas con el cielo.

¿Es o no es un paraíso?

Continúo mi camino en ascenso hacia Humahuaca. Cada vez que creo haber coronado, una línea serpenteante, ladera arriba me promete un buen rato de emoción. Es como un pozo sin fondo de placer.

Como la fuente de croquetas de la abuela. Es indiferente cuántas hayas comido ya. Debajo de la primera capa hay otra, y debajo, otra más. Come cuanto se te antoje, si no es suficiente, todavía puedes tirarte de cabeza a la olla de arroz con leche.

Avanzamos muy despacio. Detrás de cada curva hay una vista que deja sin aliento, por demás escaso. La altitud va haciendo mella en la efectividad del monocilíndrico. Yo siento el pecho liviano, como un hormigueo hipoglucémico.

Las faldas van quedando peladas. Las cumbres se deslizan suavemente hacia los valles glaciares. Poh, poh, poh, el pequeño cilindro extraña un poco más de oxígeno para digerir tanta gasolina.

Tranquila, amiga. ¿Quién te iba a decir que llegarías tan alto? Como una sufrida mula, agacha su faro y se aplica a la subida pistonada tras pistonada.

Aparece burlona una señal que indica Despacio. En realidad avisa de que comienza el descenso. Se acabó el derroche de combustible. La moto rueda ligera etre picos triangulares que dejan a la vista estratos multicolores. ¡Qué empacho de belleza!

Argentina acaba de ganar su segundo partido del mundial. La gente empieza a salir a las, hasta ahora, desiertas calles de Humahuaca. Todos estamos felices y hasta los perros llevan remera.


¡Nueva camiseta!

Tanto para viajar en moto, como para el proceso de fermentación del pan, ir despacio suele ser una práctica recomendable. Otra es que adquieras la nueva camiseta (o alguna otra baratija) Despacio para aportar tu colaboración a la causa.


6 comentarios

  1. Deseo que ya no estes dolorido. Es maravilloso leer y leer. Valiente!!!! Disfruta como disfrutamos contigo. Esperando la próxima. Besos y besos

  2. Feliz Navidad!!! Desde esta parte del mundo nos acordaremos de ti cuando entremos en el 2023 deseándote que se cumplan tus sueños. Mil besos


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