07. Piki piki Pili

De vuelta en Bwejuu me siento como en casa. Sé que ya son mis últimos días, haré un poco más de pan con Michiel todavía, pero son los últimos coletazos de esta etapa. Al menos, por esta temporada.

Maddy es el guardés de la casa donde vivo, tiene 29 años y vino hace 9 a Zanzíbar desde el norte de Tanzania. Su padre es medio masai y dejó la tribu para buscarse la vida con su mujer y sus 5 hijos. Maddy, aunque de momento está soltero, también vino aquí a buscarse la vida con la ayuda de un tío suyo que participó en la construcción de la casa. Cuando trabaja lo hace duramente, desde muy temprano hasta que empieza a apretar el calor a media mañana. Le gusta rapear, es algo tímido y fuerte aunque menudo. Estas semanas hemos compartido algunos buenos ratos, hablando de esto y aquello y fumando cigarrillos a escondidas. En su pequeña casa, en un lateral del jardín, cocina ugali y chapatis y, aunque le he insistido varias veces en que teníamos que hacerlo juntos algún día, no he conseguido que se animase.

Él también quería que fuésemos a dar una vuelta “aroundi” —su inglés es divertido y personal, Michiel y yo hemos incorporado unas cuantas de sus expresiones a nuestro idioma particular— y, ahora que sabe que me voy, le parece buen momento. Se está haciendo de noche y caminamos por el borde de la carretera hasta un gran depósito de agua. Descansamos un poco y le propongo que me enseñe dónde suele ir a bailar en su día de descanso.

El local es un chiringuito a pie de carretera con la música moderna africana a todo volumen. Como es pronto, no hay mucha gente, están sentados, desperdigados, dispersos con su marihuana mirando un gran televisor de pantalla plana donde retransmiten un partido de fútbol. Vamos a la enrejada barra, creo que piensa que no me parece bien que beba cerveza y duda sobre qué pedir. Dos Kilimanjaro, al final. Antes de que podamos acomodarnos, nos aborda un señor, completamente borracho y al que no se le entiende ni media. Resulta que tiene un bar cerca y quiere que vaya allí. Otro día, si eso. Maddy empieza a estar incómodo y, de nuevo, nos vuelven a entrar. Esta vez es Jessica, le gusto mucho, dice, y quiere una soda. «Muzuuungu, muzuuungu». Repite melosa mientras me frota el brazo y se restriega contra mi pierna. Maddy ya está harto y habla con ella en suajili, muy rápido. Yo intento despacharla lo más suavemente posible y, al final, cuando ya no nos queda cerveza, se marcha. No hemos podido tomarla tranquilos, así que volvemos a casa. La incomodidad de Maddy es tan grande como la indignación porque Jessica jamás se haya acercado a él hasta hoy.

Todavía queda un acto social más antes de irme. Todos los que vivimos en casa y un amigo de Connie que está de paso vamos a cenar al restaurante Karibu, en el pueblo de Jambiani. Hassan, quien se presenta como el chef aunque las que cocinen sean su mujer y su hija, ha rotulado un cartel donde dice algo así como: Restaurante Karibu, donde comerás hasta decir: «Hassan deja de atiborrarme con tu deliciosa comida». Y la verdad es que es lo mejor que he comido en estas semanas. Guisos de pollo, de pescado y de verduras. Pilau, un arroz muy especiado con canela y cardamomo, pimienta y seguro que más cosas. Espinacas salteadas y una especie de chapatis con cebolla y pimiento, realmente buenos. Para beber, zumo denso de frutas, bien frío. El local es una habitación de forma ovalada, irregular, con ventanas altas y un scooter Yamaha con tantos años como Hassan. La comida es buenísima y tan abundante como promete su cartel. Se ve la Luna entre las palmeras, a través de las ventanas altas. Será la última noche que la vea en esta isla.

Hace nada, me fumaba el primer último pitillo en la isla y hoy, un mes y once días después exactamente, me fumo el último último. Que me vaya antes de lo previsto —aunque, bien pensado, toda opción estuvo siempre abierta— ha surgido de forma natural. Está bien así. Y está bien para todos, que es lo más importante. Desde luego, no parece tanto tiempo pese a que lo siento lejano y, sin embargo, vuelvo a preguntarme qué hay para mí en este viento del este. Mejor dicho, qué hay para nosotros, que a partir del martes somos dos en esto.

Además de los regalos que me hacen Michiel y Jen para el viaje, Michiel me acerca en el coche de Connie hasta las oficinas del ferry. Lo agradezco mucho porque voy bastante cargado y así podemos pasar un rato más juntos. Mientras nos despedimos, un individuo ha colocado sibilinamente un cepo artesano a una de las ruedas del coche. Ni siquiera hemos aparcado, Michiel tan sólo ha bajado para darme un abrazo. Pero el gorila grita que no se puede aparcar y que le hablemos en suajili. Dejo a Michiel con el asunto porque voy justo de tiempo. Después de comprar el billete, compruebo que Michiel ha podido marcharse y que el gorila y otro compinche son mucho más tolerantes con los que no son muzungus. Poco después, Michiel me cuenta por teléfono cómo ha hecho creer a cada uno de ellos que le había pagado al otro y, con esa hábil maniobra, consigue salir de allí. ¡Chúpate esa, gorila!

Mi segunda vez en Dar es-Salaam es muy distinta. Me alojo en una habitación individual con baño compartido de la YWCA (Asociación de Jóvenes Mujeres Cristianas) por 10 dólares la noche, con derecho a una especie de desayuno del que no hago uso. Me siento en casa en esta pequeña celda con mosquitera y ventilador y  estoy impaciente por comprobar que todo va bien con los papeles, que la moto sigue en la tienda, que por fin puedo meter primera sin que se cale y que después meteré segunda y tercera y cuarta. Y que ya sólo iré hacia adelante. Pero antes aprovecho el lunes para comprar provisiones y el resto de cosas que me faltan y solucionar un pequeño problema con la tarjeta SIM del teléfono.

El martes encuentro a Mohamed en la puerta, como hace una semana. Es lo más parecido a un amigo que tengo aquí y le puedo contar lo nervioso que estoy mientras nos dirigimos a la tienda. Ya sabemos el camino.

Es temprano, quiero salir pronto con la moto y dirigirme hacia el interior, dirección oeste hacia un camping a unos 180 km. Antes quiero que revisen el embrague en el servicio técnico anejo. Emmanuel, está vez, me acompaña y le cuenta al jefe supremo del servicio técnico de Bajaj Tanzania lo que necesito, con detalles innecesarios y una versión reinterpretada de la historia. Menos mal que se va y me puedo entender bien con Mr. Sibashish, de nuevo indio. Con el punto medio borrado, es el único que parece mostrar interés en mi plan de viajar por Tanzania en piki piki. Me da algunos consejos sobre el mantenimiento y me insiste en que, aunque tiene un “look sport” la moto es una simple 150 cc, refrigerada por aire. Con su tarjeta en el bolsillo, le prometo que le tendré al tanto y que, si vuelvo por allí, le contaré cómo se portó la moto conmigo. Y yo con ella. Esta vez la moto va suave y creo que está lista para cargarla de equipaje.

Pero antes… nuevo e inesperado papeleo. Esta vez es opcional, podría no hacerlo, pero es bastante probable que me evite problemas más adelante. Como hacen todos, debo poner la documentación de la moto y el seguro visible desde el exterior. Si es que una moto tiene interior. Para ello, necesito una copia certificada de la titularidad y plastificarlo todo para que no se me deshaga a la primera. Creo que merece la pena hacerlo aunque me retrase la salida, parece ser que hay una oficina cerca donde hacerlo.

Las indicaciones que Emmanuel da a Mohamed —que, de nuevo y afortunadamente, se ha quedado a esperarme hasta que todo estuviese bien— no han debido de ser muy claras y sí nos cuesta un rato, dos atascos y tres intentos localizar el edificio. Una vez allí, todo resulta fácil y rápido, gracias a un nuevo mediador.

Todo esto lleva su tiempo. Ahora sí que estoy listo para salir. Me despido de mi taxista y me pongo a cargar la moto. La gran bolsa negra que me regaló mi primo Guillermo  encaja a la perfección y aún queda sitio suficiente para mi. Los primeros curiosos se acercan. Saben, aunque no se lo haya dicho, que me voy a Bagamoyo —que está en la costa a unos 70 km y que es donde he decidido ir finalmente, viendo que la salida se retrasaba sin remedio— y me dan consejos. Incluso la gruñona de la puerta parece estar simpática hoy. Es posible que sea yo el que está diferente.

Pili en el parque cerrado y fan
Pili en el parque cerrado y fan

Salir de Dar es-Salaam resulta más fácil de lo que pensaba. La sonrisa que llevo puesta me durará todavía bastantes kilómetros. Es muy emocionante estar aquí, haciendo esto. Gracias camiones por pasarme rozando, proyectadme más gravilla por favor, soltad sobre mí ese mugriento aceite que se escapa de vuestros motores. Más, por favor.

Nunca había puesto nombre a mis motos, La Milana fue la primera en ser bautizada y lo hizo mi amigo Jose. Entre los dos, hemos encontrado nombre para esta también. Se llama Pili, que en suajili significa «segunda» y también «picante». En español, ya lo sabéis.

A mi tía Pipi nadie le llama Pili aunque Pilar sea el más importante de sus cuatro nombres, pero la llave de mi Pili está en un llavero con forma de llama (el animal) que ella me regaló y que he traído hasta aquí para que me acompañe, así que esta polisemia con Pili encaja como un gran puzzle sideral, como viene pasando con todo en este viaje.

Plural: 4 Comentarios Añadir valoración

  1. Dunia dice:

    Qué emoción, estoy esperando que despliegues alas por esos maravillosos terrenos desconocidos! Pili y tú vais a ser un gran equipo!

  2. PILAR CIRUJANO MARIN dice:

    Que bonita Pili!!!!! que te lleve a descubir maravillosos lugares. Entusiasmada como siempre con tus relatos. Libro seguro.
    Contagias tu emoción.

    1. Oh My Bread! dice:

      Ahora está aún más bonita, tiene polvo y barro y ya va dando muestras de personalidad. Te mandamos un beso desde los pies del Kilimanjaro

      1. PILAR CIRUJANO MARIN dice:

        Siente el Kilimanjaro por mí!!!!!! Besos

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