20. Planteamientos

Seguramente, hoy no es el mejor día para tomar decisiones. Estoy cansado y ayer hice la tontería de beber un poco más de la cuenta, así que arrastro la resaca y la fatiga de no haber dormido mucho y de los últimos días de moto, sol, lluvia y poca comida. Sin embargo, tengo que tomar una decisión rápido porque se me acaba el tiempo, pero no estoy seguro de estar interpretando bien lo que ha pasado en los últimos días.

Salí de la panadería de Mary hacia el norte, por una pista que me iba a llevar hasta un pueblo cercano al paso fronterizo más al norte entre Zambia y Angola. Aunque sobre el mapa, en Lusaka, había elegido un paso diferente, como me encontraba en un punto intermedio entre los dos, al final me decidí por el del norte, siguiendo las recomendaciones que alguien me dio. El día iba muy bien, desde la visita a primera hora de la mañana a la panadería y luego conduciendo por unos 260 km de pista entre bosque, muy divertida, con tramos de barro, arena, grava y piedras. Nada complicado pero muy entretenido. Llegando al pueblo donde me dirigía encontré una barrera. Me había acostumbrado a cruzar las barreras sin parar porque nunca me habían prestado más atención que devolverme el saludo. Pero, está vez, los dos porteros con uniforme de camuflaje, pero sin ningún distintivo, me hicieron parar y me invitaron a aparcar.

Uno era el malo y el otro, el tonto. Mientras el primero me hacía las preguntas de siempre el otro le reía las gracias. Aunque era más o menos lo habitual, el tono del preguntón era un poco más inquisitorio de la cuenta, como si no se creyera una palabra y tratase de pillarme en un renuncio, insistiendo en los detalles. En un momento dado, se fue con el pasaporte a un cuartucho a tomar nota de mis datos en uno de esos odiosos libros de registros que no sé para qué valen. Con el pasaporte en la mano, empieza a preguntar qué tengo para ellos. Qué regalo les he traído para que se acuerden de mí en el futuro. Como no acabo de creerme lo que me está dejando caer, le contesto que no tengo nada para ellos. Insiste. Con el pasaporte en la mano.

—Sí, hombre, algo tendrás, algo que nos haga recordarte cuando te hayas ido.

—Puedo regalarte unos cigarrillos.

—No fumo y no creo que hayas venido de tan lejos para traernos cigarrillos.

—¡Por supuesto que no! No pensaba encontrarme con vosotros.

El tío no se da por aludido y continúa insistiendo con la cantinela del regalo, con el tono más amable con el que se ha dirigido a mí en todo este rato, lo que lo hace más repugnante todavía y aún con mi pasaporte. Harto del asunto y viendo que se ríe de mis cigarrillos, le pregunto si unos kwachas ayudarían.

—Tal vez…

—¿Cuánto?

—Lo que puedas está bien.

Con el billete más pequeño que tenía, 50 kwachas (5 euros, aproximadamente) me devuelve el pasaporte, pero aún sigue diciendo que qué pena que no lleve reloj o alguna otra cosa que puedan conservar.

La situación no ha sido agresiva ni violenta. El tío no me ha pedido dinero directamente en ningún momento, pero sabía lo que hacía y me ha dejado una sensación muy desagradable. Por lo que sé, esto es un anticipo, en versión muy ligera, de lo que me voy a encontrar cuando cruce la frontera. Y en todo el oeste, en general. Y, además del regusto desagradable que me ha dejado, me hace dudar de si soy capaz de lidiar con estas cosas cuando, a la primera de cambio, le he soltado un billete a este impresentable, sin saber ni siquiera si era policía o si tenía algún tipo de poder.

Con la tontería, la tarde ya ha avanzado bastante y, aunque pensaba llegar justo hasta el último pueblo, decido quedarme en este que parece más grande y tiene varias opciones para dormir. De entre todas, elijo una un poco apartada del meollo pero con pinta de barata. Por 4 euros la noche tengo una habitación con cama, silla y bombilla en el techo y, además, el chico me da a  elegir entre la habitación 1, la 2, la 3 y así hasta la 7. Cuando, después de enseñarme, aleatoriamente, la 3 y la 7, que son iguales, me pregunta qué número quiero, le tengo que preguntar cuál es la diferencia. Ah, ninguna. Joder, pues dame esta que ya está abierta. Pues no, al final me da la 1. Aunque nadie lo diría, no parece que esté de broma.

Para quitarme la desazón que me ha dejado la barrera, me acerco al bar que tienen, que parece tranquilo y los señores que estaban cuando he llegado parecen buena gente. Cuando llego, sólo queda uno que, para mi desgracia, siendo yo un imán para esta gente, resulta ser un pesado bastante borracho. De cuando en cuando, me puedo deshacer de él y hablar con otras personas que van apareciendo por allí y que me dan algo de información sobre lo que voy a encontrar una vez cruce la frontera. Las versiones oscilan entre que me va a ser imposible por el estado de la pista en que se convierte la carretera una vez en Angola y la distancia entre el paso y la siguiente población, hasta la más optimista, que dice que se puede circular sin problemas. Pasan dos cervezas hasta que empiezo a notar que Vinny, mi anfitrión, me empieza a despachar ofreciéndome una ducha. No es la primera vez que me pasa. Hay veces que llega un momento en el que prefieren que te vayas. No sé si por protegerme, por evitar problemas o por qué. Pero supongo que tiene que ver con que un blanco no pinta nada en según qué sitios a según qué horas. Como he tomado mi cerveza y el rato no ha estado mal del todo, me parece bien. Me viene bien acostarme pronto, además.

Para ducharme, tengo que salir a un patio trasero separado de la zona del bar por un muro, que deja ver que el sitio se va llenando. En el cobertizo que hace de baño me han preparado un barreño con agua y una pastilla de jabón y creo que hasta han pasado una fregona por el hormigón y todo.

De vuelta a las habitaciones hago una parada en la moto. En la alforja izquierda tengo la sección hogar, con la tienda, la cocina y sus cacharros. En la derecha, llevo herramientas, una botella con gasolina y, también, una botella de un litro de yogur líquido para beber, comprada y consumida en Lusaka, que ahora uso para hacer pis por la noche cuando no quiero salir de la tienda o la habitación. Con ella en la mano, me dirijo a la habitación por el pasillo, que es un poco laberinto y, enseguida, me topo con cuatro tipos extraños y bastante grandes. Uno gordo, calvo y con bigote, se dirije a mí. Para estrecharle la mano, como siempre hago, esta vez tengo que pasarme de mano la botella y, por vergüenza, como si se fuera a dar cuenta cuál es su finalidad, lo hago por la espalda. Con lo que el gesto, en lugar de discreto, queda entre ridículo y sospechoso. El segurata me pregunta por el número de la habitación para que vayamos a ella, como si después de la adjudicación trilera pudiese acordarme, y me da la sensación de que estoy ante un nuevo capítulo de protección al muzungu. Por el camino, Vinny me dice que son policías.

Así que te vas a duchar y cuando vuelves tienes a cuatro policías del departamento de inmigración esperándote. Supongo que porque alguien con quien he hablado antes les ha ido con el cuento. No me explico qué hacen aquí, pero bueno, vamos allá, les invito a pasar y les enseño mi documentación. Ellos, a lo policía, son correctos pero manteniendo las distancias y me enseñan un carnet —que, por el aspecto, podría ser el de la biblioteca de Torremocha del Jarama—, como deferencia, al ver mi buena disposición a colaborar. Hay preguntas concretas a las que no puedo contestar, como de dónde he venido o por qué carretera, porque después de unos días acumulando nombres difíciles ya no los recuerdo o los mezclo. Pero me encuentro tranquilo. Al fin y al cabo, todo lo que tengo que ocultar es la botella de mear.

No sé con qué historia les habrán ido. Tal vez tengan problemas en la zona con gente que vaya a trapichear o a hacer negocios. Hoy mismo, por el camino, un señor me paró contándome no sé qué historia de que me estaban esperando a cuenta de un asunto de unos diamantes. ¿Qué me estás contando? Ahí te quedas, magdaleno. Pero el caso es que allí se me han presentado y no tengo ni idea de por qué o para qué. Llevo poco tiempo por aquí y me entero de la misa, la mitad. Y, de verdad, que no lo entiendo. El Vinny, encima, tenía una cara de cagao que no era muy tranquilizadora y, cuando ha intervenido, porque yo no me acordaba de algún nombre, le han mandado callar. Mejor así, no vaya a ser.

Al final, incluso hemos hecho alguna broma y me he lanzado a contarles lo que pasó en la barrera. Con una versión aún más suavizada, pero dándoles mi opinión de indignado turista muzungu. Tomarán cartas para que no se vuelva a repetir pero, en realidad, se quieren ir ya. Alguien les ha molestado para nada.

Sé que, tanto este episodio como el de la barrera, no han sido ni de lejos lo peor que me puedo encontrar a partir de ahora y, aunque me he sorprendido a mí mismo por la serenidad que he tenido (a mí, que me tiemblan las manos cuando la Guardia Civil me da el alto), ya me empieza a rechinar todo esto. Para colmo, me encuentro confinado en este cuartucho, en esta especie de apartheid a la inversa y, cuando salgo al patio trasero a que me de el aire, enseguida aparece Vinny a preguntar si todo está bien. Si necesito algo. Al parecer, alguien le ha dicho que su amigo muzungu está fumando allí afuera.

No paro de darle vueltas a esto en la habitación y, entre trago y trago de whisky de jengibre, empiezo a pensar en cómo ha cambiado la gente conforme me he ido acercando a esta zona. Los zambianos se tienen por gente amigable y la mayoría, de hecho, lo son. Pero, en este extremo, se percibe algo diferente. Por otra parte, aún se pueden ver restos del pasado colonial. Muchos te tratan de Sir, casi con servilismo, y hacen una especie de genuflexión cuando reciben tu saludo o tu dinero, mientras que, entre ellos, la muestra de respeto son unas palmadas con las manos ahuecadas. Esto no tiene mucha importancia, pero si pensamos en los 40 años de guerra por los que ha pasado Angola e imaginamos las secuelas que ha debido dejar eso en la gente, la cosa cambia un poco. Por no hablar de las secuelas físicas por las armas y las minas, que todavía quedan.

A pesar de todo, un poco más tarde de lo que debería, a la mañana siguiente, me dirijo a la frontera. Si nos ponemos en lo peor en cuanto a la pista, me esperan 350 km de infierno de barro y arena hasta el primer sitio poblado. Esa distancia por una pista medio bien ya significa una jornada de paliza, así que mejor hago noche junto al paso. Nada más dejar el pueblo, el asfalto desaparece. La carretera aún no está terminada y, aunque sólo le falta el pavimento en algunos tramos, me da la medida de que, en efecto, si incluso esta pista desaparece, la cosa va a ser complicada. Por lo pronto, al barrizal se le une una nueva complicación: el retortijón. Llevo tiempo esperando que llegue el día de tener que cagar en el campo sólo para hacer un círculo de pis protector a mi alrededor. Más que porque crea que así evitaré mordeduras de serpientes o mordiscos de alimañas, para hacer un homenaje a mi amigo Roberto, que fue quien me dio este consejo escatológico, uno de sus temas preferidos. Pero no me da tiempo esta vez.

Me dirijo a una reserva privada de caza que también tiene granja, lodge y zona de acampada. Allí encuentro al muzungu propietario entre sus empleados. Como es temporada de lluvias, para variar el sitio está cerrado, pero si quiero, puedo poner la tienda. Cuando le cuento que voy hacia Angola, se echa las manos a la cabeza y asegura que desapareceré para siempre y que nadie nunca más sabrá nada de mí. ¿Estoy loco? Hace alguna broma en lengua local con sus empleados. El tío es un gigante con aspecto de poder matar a un búfalo con sus propias manos. En tono paternal, me pregunta si he informado a mi embajada y me hace pasar a una oficina para que espere allí a la Policía a la que va a buscar, supongo que con la intención de que me quiten la idea de la cabeza. A mí ya se me está empezando a quitar.

La oficina es como el decorado de una película. Todo el mobiliario parece de mediados del siglo pasado, gastado y viejo. En una estantería hay algunos libros viejos y, junto a unos retratos de señores antiguos, una foto del que supongo es mi padre adoptivo de joven, junto a un búfalo muerto. Aunque, como Campechano I, lleva un rifle en las manos.

Con los dos agentes, ya de vuelta, nos hace pasar a la oficina para que mantengamos una charla. Virgen santa, otra vez, da capo, bis, replay… rigidez y frialdad inicial. Como ya ando reculando, les digo que me interesa mucho lo que tienen que decir, que no sé lo que estoy haciendo y que, al revés, ellos conocen el percal. Al final, su amable consejo es que baje al sur, que hay otro paso, más o menos cerca, tomando un desvío en la pista por donde llegué. En esta época del año, este paso de aquí está cerrado o, al menos, en desuso. No le pillo bien el inglés. Quizás he querido oír que está cerrado.

Como despedida, papá me ofrece sitio para la tienda y, como se lo rechazo, me regala 5 litros de gasolina.

La conclusión oficial creo que es que, si quiero, puedo pasar, porque tengo todo en regla, pero me voy a meter en un buen berenjenal.

La conclusión personal es que no tengo ni el cuerpo ni la mente para berenjenales y que me tenéis todos ya un poco harto.

No pienso pasar por aquí y no tengo tiempo para descansar en este sitio, porque lo que es seguro es que, haga lo que haga, en unos días tengo que salir del país y tengo que desandar mucho camino.

La vuelta es una comedura de cabeza. Cuando de pequeño sonaba en el coche la cinta de la Orquesta Platería, siempre pensaba que la canción Neurastenia hablaba de mí. No que yo me pareciese al chico del que habla, no. Que era yo de quien hablaba. Así que me siento un poco derrotado, como cuando dice “no había quien te advirtiera que tenías que luchar y, a la primera adversidad, ya estás con ganas de llorar”. No tengo ganas de llorar, pero sí es un poco como haberse rendido antes de intentarlo siquiera.

Pero no me siento bien desde que pasó lo de la puerta y no encuentro una razón que me diga que sí, que debo intentarlo. La única que tenía era la de ver por mí mismo si lo que me han ido diciendo de Angola era real o no. Pero si, con lo que he visto, que ni siquiera es Angola, tengo suficiente ¿por qué ir más allá? Y, si es verdad lo que dicen, ¿me voy a poner en peligro, por estúpido?

Por otra parte, está el propósito del viaje. Es cierto que me había empezado a tomar en serio lo de volver a España en la moto, y por eso estoy aquí. Pero, ¿es eso lo que quiero hacer? Si hago repaso de lo que ha sido el viaje desde que crucé a Zambia me doy cuenta de que todo ha estado condicionado por el visado de Angola. Medio país ventilado en 4 días para llegar a la capital. 12 días de espera, de idas y venidas, papeleos, oficinas y bancos. Y una semana para ir de nuevo a la frontera. ¿Y para qué? Para ir lo más rápidamente posible a la capital, a buscar un barco que me salte los Congos, a tramitar visados y así, sucesivamente. Se va a convertir en un viaje por la burocracia, en una carrera de ventanilla en ventanilla…

Seguramente, tener el famoso PROYECTO, ayudaría en estos casos, pero el mío es ficticio (al menos en su gran parte), no creo en él, porque no existe. Quizás intentar llegar a España montado en la moto es un desafío interesante, si es que te interesan los desafíos. Un buen reto para ponerte una medalla, si es que va de medallas la cosa. Pero, al final, incluso eso, es también relativo porque ¿y si decimos 10.000 km en 150 cc por África? Venga, mi medalla. Sea como sea, supongo que un objetivo claro ayuda a encarar las dificultades, mientras que viajar sin plan es un arma de doble filo. Por un lado, no hay fracaso posible, es una opción cómoda y libre pero, por otro, quizás la falta de un objetivo claro no ayude a la hora de superar algunos obstáculos o, al menos, a distinguirlos.

Y fin. No le voy a dar más vueltas. Tengo tiempo suficiente para llegar a la frontera con Namibia. Y tiempo para dar una vuelta por allí, retomando esa idea inicial que surgió de manera espontánea. También tengo tiempo para cruzar a Angola, hasta mediados de mayo puedo entrar. Incluso, puedo intentar mañana mismo otro de los pasos de Zambia a Angola. Y, lo más importante es que, de momento, con mi tiempo puedo hacer lo que quiera. Aunque eso sea ir por África en moto como pollo sin cabeza.

Plural: 20 Comentarios Añadir valoración

  1. Paz dice:

    PROYECTO: designio o pensamiento de ejecutar algo (R.A.E.)
    … Eso no sólo lo tenías sino que estás llevándolo a cabo. Como tienes genes de arquitecto te lo tomabas en otro de sus sentidos.
    Un beso muy grande.

  2. Oh My Bread! dice:

    Gracias a todos por leer y además escribir. Sólo quiero recordaros, o contaros si no lo sabíais ya, que estas entradas se publican con retraso. Esta, por ejemplo está escrita el 3 de marzo aunque se publicó el 1 de mayo (debajo del título aparece siempre la fecha real, se publique cuando se publique).

    Como seguís el blog no os adelanto nada, que supongo que preferís seguir el orden cronológico, pero esto pertenece al pasado. Lo digo, más que nada, para que no os preocupéis. Si en la entrada se cuenta algo peliagudo (que tampoco es tanto, por otro lado) hay que tener este desfase temporal en cuenta. Si seguís teniendo noticias mías es que todo sigue bien, diga lo que diga en el post. Incluso si no las tenéis, seguramente quiera decir que no tengo conexión o batería.

    Muchas gracias de todos modos por vuestros comentarios y sugerencias. Y, sobre todo, por los ánimos.

    Y para acabar, otra canción que aparecía en aquella misma cinta: la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

  3. Dunia dice:

    Bueno, esta es una buena encrucijada. Angola es un país complicado. Creo que quizás lo más que te aporte pasar por él serán malos ratos similares o peores a los que has pasado desde que lo intentas. Depende de si realmente quieres conocer y vivir situaciones así o peores. Esto podría enriquecer tu viaje de una manera más realista o estropearte la jornada; además de la cuota de peligrosidad que te toque.
    No creo que merezca la pena, no viajas por África para cambiar nada, probablemente sólo consiga afectarte.
    Así que da la vuelta yaaaaaaaaaa
    🤣😘

    1. Oh My Bread! dice:

      Si no me va a afectar me quedo en el sofá. Ay el sofá! Ay la ducha! Ay el agua potable que sale del grifo!

  4. Gonzalo Posada dice:

    Tsss, te espero en Algeciras con una cerveza ¿te parece poco objetivo?
    Anda, tira parriba no me hagas bajar a buscarte.
    Ya sabes que en mi caso fue todo lo contrario, yo tenía que llegar a un sitio en una fecha determinada. Y ya sabes que para mí eso fue lo peor del viaje, pero es cierto que la determinación de llegar a un sitio en un tiempo marcado, hacía todo más fácil. No tenía que pensar, sólo conseguir llegar. Al final no hubo medalla, ni le habría dado importancia si la hubiese habido, pero la satisfacción interior de haberlo conseguido a pesar de todo (y de todos) sí que sienta bien, te la recomiendo.
    Y mi experiencia es que siempre, antes de cada frontera, te pintan el siguiente país como el peor sitio donde podrías meterte con una moto. Y después sólo encuentras gente, paisajes, etc. como en tos laos.
    Un abrazo, Labayen.

    1. Oh My Bread! dice:

      💪💪💪💪💪

  5. PILAR CIRUJANO MARIN dice:

    Nadie dijo que vivir fuera fácil. Tu decisión será la acertada. Buen camino Kino. Un beso pero que muy muy fuerte de los que viajamos contigo a través de tus escritos. Te quiero mucho

  6. Aquel profesor a quien caias mal dice:

    Comentarios anónimos, qué vade retro satanás.

    1. Oh My Bread! dice:

      Si, si, anonimos…

  7. Aquel profesor a quien caias mal dice:

    Juas juas: «niñoooooooo baja daiiiii quetevá caeeeeeee!!!»

    La de gin tonics rosé en copa balón que te estás perdiendo por ir haciendo el moñas por ahí, quién te manda alma de cántaro.

    1. Oh My Bread! dice:

      Tenéis allí garrafas de 5 litros de caipirinha roja?

  8. Jorgina dice:

    Joaquín , enhorabuena en tu forma de resolver estas situaciones complicadas y difíciles. Y en tu forma sincera y auténtica de expresarte.
    Tu entorno parece enviarte mensajes claros como que Angola es un lugar nada recomendable. ¿Para que arriesgar la vida?
    Parece que los objetivos van apareciendo sobre la marcha sin necesidad de programarlos. Esta en ti decidir cuándo y cómo pones fin a la aventura.
    Las medallas ya las tienes ganadas, todas, toitas toas.
    ¿qué importancia tiene volver en moto, si esto complica muchísimo el regreso?
    Las palabras del funcionario de la República del Congo no son nada desdeñables, take a plane, desde aquí y mirando el mapa parece lo mas asequible y realista.
    Te queremos,

    1. Oh My Bread! dice:

      Mi entorno me envía tantos mensajes que son como el horóscopo. Valen para todo

  9. Paz dice:

    Si sigues adelante o si tomas otro rumbo, seguirás tu proyecto igualmente.
    Un fuerte abrazo.

    1. Oh My Bread! dice:

      Y dale madre. Que no tengo proyecto!

  10. DESDE AQUÍ LO VEREMOS DIFERENTE PERO PIENSO QUE EL CAMIN O ES EL CAMINO. CON MARCHAS ATRASES CON RENUNCIOS RATOS MALOS Y BUENOS INCLUIDOS Y PARA LOS QUE TE VEMOS DESDE FUERA BASTANTE ES AVANZAR POR UNA CARRETERA DE ESAS PARA QUERER BUSCAR MAS INTRIGA YENDO POR ATAJILLOS O SENDEROS BUCOLICOS-
    TE PARECE POCO?

    1. Oh My Bread! dice:

      Bucólicos anónimos… nunca sabremos qué había al otro lado. Probablemente era una buena ruta y con certeza era mal momento para hacerla.

  11. Javier Zapatero dice:

    Ufff! Intenso de cojones el momento que vives.
    Dale tío, la decisión que tomes, será la buena.
    Ir como pollo sin cabeza, tampoco es mal plan.
    Un abrazo Ioaquín
    J.

    1. Oh My Bread! dice:

      Ya lo dice la canción! https://youtu.be/I1Er1b3hwN8

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