27. Seis, Dios mediante

Los requisitos para solicitar las visas no están pensados para los que viajamos a nuestro aire. Siempre quieren fechas, reservas de hotel, billetes de avión, referencias de locales que respondan por ti y otras cosas por el estilo que te obligan a mentir. Me equivoqué dando una fecha muy tardía para mi entrada en Congo Brazzaville y he llegado a la frontera demasiado pronto, pero no quiero esperar más, voy a intentar entrar ya.

En la misión de Cabinda puedo dormir y usar los baños gratis y me ha venido bien para descansar después del periplo marinero. Creo que te puedes acostumbrar a unas condiciones más o menos precarias en cuanto a higiene, alimentación, disponibilidad de agua o luz, calor o lluvia, especialmente cuando son circunstancias que forman parte de una situación elegida, pero lo de los mosquitos aquí es insufrible. Les da lo mismo el repelente y las capas de tela, les veo tratar de perforar el cuero de las botas en busca de mis codiciados tobillos. No se rinden.

En la iglesia de la misión se han pasado la noche cantando. Una mezcla de música local con aleluyas, percusión africana con armonías gregorianas. Por la mañana, cuando vuelvo del baño, encuentro la tienda y la moto rodeadas de gente, casi todas mujeres que hacen un corro bajo el mango. En seguida empieza una misa o lo que sea, un rito que también sugiere mezclas variopintas, suena a gospel, a telepredicador, al cura Don Francisco y a patraña. Como sea, han ido trayendo sillas y piedras para sentarse así que parece que va para largo y claro, no voy a ponerme a recoger en medio de la liturgia. Hoy quiero cruzar al quinto país en el viaje, si Dios quiere.

¿Dónde está Pili?
¿Dónde está Pili?

La frontera no está lejos pero por la carretera se avanza a trompicones por la cantidad de controles que hay. Supongo que se debe a la situación de este enclave entre los tres países y con cantidad de valiosos recursos. A mí me dejan en paz, pero es imposible mantener una buena media con tanta parada. No hay gasolina ni cigarrillos en la última estación angolana. El puesto fronterizo es muy distinto del que usé para entrar. En el lado angolano aún tienen un par de edificios más o menos bien acondicionados, el lado congolés es mucho más humilde. En ambos hay mucha actividad y puestos de todo tipo, mucho tráfico de carros cargados hasta arriba con fruta, ropa o paquetes. Muchos se ofrecen a cambiar dinero o a ayudar con los trámites pero la verdad es que no atosigan y aceptan tranquilos un no.

No entiendo muy bien por qué hay que sellar las salidas de los países. No sé para que vale, una vez fuera del país ¿a quién le importa si salí en plazo o no? ¿Y si no lo sello qué va a pasar? ¿Les va a saltar una alerta de que no se sabe si aquel pringao salió del país o no? Me gustaría saltarme este trámite, especialmente hoy que me ha tocado el niñato que va de importante y para lo que podría haber tardado 10 segundos nos lleva más de 30 minutos de hacerse el interesante. En la aduana son más amables y rápidos, aunque me da la sensación de que también les parece un poco tonto que haya pasado por allí si ya lo hice a la entrada. Esta oficina, difícil de encontrar, sí que está perfectamente equipada e informatizada, mientras en inmigración el compañero del interesante preparaba a regla y boli el libro de registros.

Con estos absurdos trámites hechos, cruzo al otro lado de la barrera sin que nadie compruebe si están hechos o no. Es más fácil entrar en Congo que salir de Angola. Los tres edificios que hay que visitar están nada más cruzar la barrera. Parecen modestos chalés, uno amarillo, otro naranja y otro azul. Aduana, Inmigración y Policía. En la aduana te atienden en el porche, donde tienen una mesa de madera, un par de sellos y unos cuantos formularios. Alguien se ha dedicado a colorear con ceras roja, amarilla y verde todos y cada uno de los escudos congoleses que encabezan las hojas de los formularios, lo que me provoca una mezcla de ternura y tristeza por lo naif del acto. O puede que sólo sea algo que han hecho por aburrimiento, a saber.

Vista de Angola desde Congo
Vista de Angola desde Congo

El funcionario es calmado, me recuerda a Don Antonio con un regusto de derrotado. Me informa de que por el permiso que me está haciendo suelen pedir 20.000 francos, pero lo hace de forma que suena a “o la voluntad”. Ya me ha dado el papel que ha rellenado él mismo con esmero y bolis azul y rojo. Yo no sé si tengo que pagar, así que le digo que si me hace el recibo, le pago, a lo que responde que le puede decir a su jefe que soy turista y que no tengo dinero. No entiendo nada, pero si hay posibilidad de no pagar, pues no pago, pero lo ha pedido de una manera que casi dan ganas de dárselo y que al menos lleve algo a casa hoy, porque me parece que muchas veces detrás del saqueo al blanquito no está sólo que quieran obtener un extra y poder tomarse 4 o 5 cervezas más está noche, es que probablemente su sueldo, cuando llegue, apenas le de para un ambientador olor pino como el que el obeso de su jefe lleva en el Toyota.

Cuando tu tendencia natural es otra, mantener una actitud que te ayude a encarar lo que te llega de manera que resulte favorable para ti es difícil, pero creo que este paso ha salido bastante bien y aunque la predisposición no cambie los hechos, como por ejemplo, que nadie haya reparado en la fecha de validez del visado, sí que cambia la manera de vivirlos. Estoy seguro de que en otro momento pasar por aquí me habría asustado bastante, hoy casi lo he pasado bien.

Hay algo especial en cambiar de país. Ahora todo está en francés. Prácticamente, todas las casas que hay al pie de la carretera tienen un comercio al lado, que puede ser un kiosko, una tabla sobre un barril o un pequeño edificio, pero todos tienen bonitos rótulos “Chez André”, “Ananas à vendre ici”, “dépôt du ciment”. No tardo en ver la primera boulangerie y claro, tengo que parar. Tienen baguettes y hogazas en varios tamaños, incluso un carísimo pan integral. Tienen también cruasanes y pain au chocolat. Hay más variedad, sí, pero el pan no vale nada, es un hinchadísimo poliexpan. El pain au chocolat llegó a la panadería en una caja de cartón desde algún otro sitio. Aún así, algo grasiento y dulce, sabe a beso en este momento.

Por lo que sé, también en Point Noire hay un club naval donde se puede acampar. Sin embargo, donde debería estar hay ahora una gran torre en construcción rodeada de vallas con textos en chino. Es buena hora, así que voy a salir de la ciudad en busca de precios más bajos. Dejada atrás, en una de esas vías rectilíneas, flanqueada por miles de puestos, me acerco a un puesto de peaje. En algún sitio leí que la Camorra tiene algo que ver con las miles de toneladas de ropa, calzado y mochilas que atestan los puestos africanos. Desde luego, de algún lugar tienen que venir las montañas de camisetas de todos los equipos de fútbol del mundo y las falsificaciones de las marcas de moda. De algún sitio saldrá también la ropa usada que hay en otros puestos. Me pregunto también qué pasará cuando se acabe el petróleo, cómo se fabricarán las millones de referencias de artículos de plástico de colores chillones, cómo se moverán los jadeantes taxis que van de un lado a otro sin cesar, con qué alimentarán los generadores. Sin duda, los grandes ya deben estar pensando en ello. Supongo que Toyota plagará esto de vehículos híbridos, como ya tuvo que hacer en su día con los todoterrenos, taxis y furgonetas que siguen circulando hoy.

La rueda trasera se ha pinchado justo al lado de un puesto de recauchutado, Michelín se llaman aquí. Parece ser que los últimos pinchazos se deben a una nueva raja en el interior del neumático que yo no había visto. Es obvio que hay algo mal ahí dentro y espero que los dos trozos de goma que le han pegado funcionen y me den tranquilidad para unos cuantos miles de kilómetros más. Uno de los recauchutadores me acompaña a un hotel que hay al otro lado. Como suele ser habitual, tienen también bar con cerveza barata y el precio de la habitación, según mi amigo, no está mal, la mitad que en la ciudad, unos diez euros al cambio por una habitación con sábanas de animalitos, cubo de agua y luz eléctrica que dura lo justo para cargar las baterías. Hay una tele enorme de tubo que no tiene cables de corriente ni de antena, pero para los cánones debe quedar muy aparente ahí en medio. ¡Hacía ya tiempo que no probaba una cama!

Como en casa

Para seguir hacia la frontera con Gabón puedo hacer el camino largo por carretera o el corto por pista. Justo antes de tener que escoger el desvío, me detiene un control militar. Está todo en orden y me puedo negar a su petición de dinero, sin más. Desde la ciudad, la carretera ha ido subiendo poco a poco y, a la altura del cruce, la vegetación es ya exuberante. El cielo amenaza y, con toda la inquietud que es capaz de producir la glándula responsable de ello, me decido por la pista. Se pone interesante enseguida. Va en ascenso por una ladera, abajo a la izquierda se oye el río y alrededor verde y más verde. En la pista hay que culebrear para encontrar el mejor paso por las zonas embarradas y encharcadas. Está fresco y húmedo, suena y huele a jungla durante todo el tramo montañoso. Al bajar de la montaña debería encontrar la carretera N3, sólo cuando lo compruebo en el móvil me doy cuenta de que ya he hecho unos kilómetros por ella y que la carretera es, en realidad, una pista a medias embarrada a medias pedregosa, que discurre rectilínea entre hierbas altísimas.

La carretera

En pocos kilómetros me ha caído un gran chaparrón, he sudado, he patinado en el barro y tragado polvo de camiones. También le he prestado algo de aceite a un colega motorista. Y, salvo la lluvia, así va a ser el camino hasta que pare a dormir: charcos, piedras, barro y motos averiadas. A las afueras de un poblado me encuentro a John con la moto parada. Acabo de cruzar un charco que no tenía alternativa de paso. Largo como un día sin pan y de profundidad desconocida hasta que, una vez dentro, el agua cubre más de media rueda. Me cuesta entender a John, pero me parece que me está sugiriendo un plan rocambolesco relacionado con su moto, su hijo y llegar a alguna parte siendo mi copiloto. Como ya es tarde y, según dice, el camino se pone peor, me quedo en la aldea. Su moto se queda con el hijo y él se encarama sobre mi equipaje. Cruzamos el lagocharco y allí mismo hay sitio para dormir. Dice que también hay un hotel, pero ya de aquí no me muevo, tengo todo lo que necesito. Se trata de una construcción de ladrillo alargada de una planta, con tejado metálico a un agua con alero bajo el que están las cinco o seis puertas de otras tantas celdas con una cama y una banqueta. Perfecto. También me pueden traer un cubo de agua para lavarme entre unas chapas que quedan detrás del horno de hacer carbón. John apenas me deja instalarme, insistiendo en ir a su casa. Ha aparecido Small Boy, que es un chaval que se empeña en hacerme de traductor en un supuesto inglés que resulta imposible de descifrar. Vamos, que no es inglés ni na.

En un momento me han hecho un resumen de la situación. Esta casa de huéspedes está en el terreno del padre de John y Small Boy que, sin embargo, no comparten madre. La casa de John está a cinco parcelas, pasando por delante del colegio y vamos a ir él y yo en su moto, que acaba de traer su hijo. Cuando pasas por delante de la aldea sólo ves las casas que quedan al pie del camino y claro, parece que detrás sólo haya vegetación. En esta aldea al menos, hay un laberinto de senderos encharcados que llevan a otras casas y al colegio y a quién sabe a qué más que, en efecto, quedan en claros entre la maleza.

Por el camino nos cruzamos con su mujer, que lleva un bebé al hospital. Nada grave. Por los alrededores de su casa están algunos de sus otros hijos que, enseguida, nos sacan unas sillas y unas recién lavadas tazas de plástico. John me ofrece vino de palma que aún no he probado pero, por alguna razón, cambia de opinión y saca una botella de pastís a estrenar. Usa un medidor de plástico con mango de alambre para servir; dos medidas del anís y el resto hasta llenar la taza, de agua que viene en una garrafa. Small Boy también tiene su silla y su taza, el resto de la familia está alrededor, de pie. Tengo que grabar, saca la cámara para que en España vean cómo vivimos, es eso lo que estas haciendo aquí, ¿no? Para eso te paga el estado, ¿no? Una vez sacado el teléfono desaparece de mano en mano, mientras yo hablo con John de la vida y del viaje y de cómo puede hacer para pegarse un viaje de estos.

Foto

Selfie al estilo Loubetsi por Small Voy
Selfie al estilo Loubetsi por Small Boy

 

Selfie al estilo Loubetsi por John
Selfie al estilo Loubetsi por John

Cuando ya es de noche, me acompañan a la celda. Calzo chanclas de plataforma debido al barro y John y Small Boy me piden dinero para cerveza. No se ponen de acuerdo con la cantidad y cada vez se dicen entre ellos cifras más altas, como si acabasen de frotar la lámpara y se acabase de abrir ante ellos un mundo de ambiciosas posibilidades. Les doy lo que ha sobrado de pagar la celda, que es sólo un poco más barata que la de ayer, aunque sensiblemente más modesta y, ahora, pagada la tasa de hospitalidad, cuesta exactamente lo mismo. La puerta se cierra con un cordel atado a un clavo, tengo mi propia vela y aún quedan sardinas. La noche está tranquila y sólo escucho los ronquidos de mi vecino ya por la mañana, cuando también cantan los gallos. Voy a mi chapa de baño a echarme agua por encima, algunos niños han madrugado y jugamos unos minutos a un tímido escondite hasta que salen corriendo cuando voy a chocar los cinco. Parece que mi estómago no me obliga a arrepentirme de haber bebido al modo local.

Cruzo el charcolago por tercera vez. Superado el punto donde me quedé ayer, la cosa no se complica tanto como decía John, pero tarda mucho en mejorar y, cuando lo hace, Pili y yo ya hemos desayunado una generosa ración de barro achocolatado. Sigo encontrando motos en apuros, algunos lo tienen medio resuelto pero a algunos les hace falta ayuda, un poco de gasolina, alguna herramienta o acercar a alguien a por algún recambio al siguiente pueblo.

Chocolate…
Chocolate…
… y churro
… y churro
Vincent
Vincent

Me cruzo con Vincent, un canadiense que viene bajando desde Europa en una bonita Suzuki DR 650. Charlamos un rato y me contagia buen ánimo y ganas. Me dice que hacia el norte, hasta España, el viaje sólo puede ir a mejor. También la pista da una tregua hasta que llego a la frontera con Gabón. Esta vez, en la aduana congolesa sí me sacan algo de dinero. La excusa es que mi permiso de importación dice que es un permiso de entrada y no de entrada y de salida como el que tiene él, pero bueno, como tengo “medio” permiso me va a hacer precio especial. Me hace un recibo extraordinario en el reverso de mi documento. Al final es poca cosa, menos de lo que se supone que cuesta hacer una importación temporal y mira, que se tome algo a mi salud en ese paso fronterizo que consiste en dos casetas, un bar, un tenderete de ropa y un palo en mitad del camino bajo el que tengo que pasar tumbado en la moto. Al otro lado, Gabón y nada más que el camino y un motorista parado. Sin gasolina dice, pero tampoco arranca con la que le paso por mucho que le empuje. Viene de lejos con la maleta atada al transportín. La moto es una oda al tuneo africano y a las soluciones ingeniosas para cargar equipaje y el equipamiento motorista.

La máquina y el hombre
La máquina y el hombre

Antes de llegar al siguiente pueblo, donde está la oficina de inmigración, hay que parar un par de veces en un puesto militar y en otro de gendarmes sólo para registrar mi paso, porque nadie se ocupa del pasaporte o de la moto. El camino vuelve a complicarse y llega el charco que detiene a la Pili, que se queda parada en medio por un momento. Incluso con el agua a medio muslo, consigue arrancar para salir de allí, ¡qué máquina! Pero en tierra firme, empieza a ratear. No sé muy bien qué hay que hacer en estos casos; purgo el carburador y saco la bujía por ver si hay rastro de agua por ahí. Parece que funciona, sube de vueltas y la dejo arrancada un rato mientras tenso la cadena, que ha empezado a sonar hace unos kilómetros. Y un poco de aceite usado para lubricar.

Según me dicen en la oficina de inmigración, en el pueblo sólo se encargan del pasaporte. Como voy a Camerún el tema aduanero lo puedo arreglar a la salida. Suena raro, pero es lo que me dicen y tampoco sé qué puedo hacer al respecto. La oficina está tranquila, un funcionario reservado y la tele con un documental sobre el espacio cósmico. Me lleva con otro, un poco más seco e intolerante si no le entiendo, pero finalmente estampa el pasaporte y me desea buen viaje.

Deben ser las 15 h. No echo gasolina desde Point Noire y la aguja aún marca medio depósito. Un poco a trompicones, he recorrido un buen trecho y cruzado otra frontera. En la gasolinera, donde el dependiente tiene que poner en marcha el generador diésel para servirme, me animo a probar la cerveza gabonesa Régab. El gasolinero, que se llama Jariel, me acompaña con otra lata de medio y nos acomodamos en un rincón donde puedo quitarme las botas y airear mis blanquecinos, arrugados y reblandecidos pies. Jariel se anima y va a la nevera cada vez que las latas de quedan vacías y acaba por invitarme a pasar la noche en su casa. Es importante descansar y, cuando acabe, podremos ir a cenar y a tomar otras cervezas al bar que ha construido junto a su casa. Nada que objetar.

También Jariel ha trabajado en una panadería pero era demasiado duro y pagaban muy poco, así que ha abierto un bar junto a su casa, que también construyó él mismo, y espera montar también un horno a leña para servir pizzas en el bar. En cuanto tenga los medios, que el bar lleva abierto apenas dos meses. Mientras charlamos, llega la lluvia y tenemos que refugiarnos en el lavadero de coches. Hacia las 18.30 ya es de noche, acaba el turno y podemos ir en la moto a su casa. El bar ya está abierto, allí está su mujer y un par de clientes. Es como un cobertizo de madera pintada de turquesa. El suelo es un mosaico de recortes de azulejos, hay poca luz que viene de una bola multicolor que gira demasiado rápido y de algunas tiras de luces navideñas. La música atrona en un bafle y en una esquina está el pequeño televisor con algo puesto al azar. La sala queda abierta a la calle con una gran puerta y una ventana corrida en todo el perímetro. La barra es como un cuartito decorado con platos de papel con mensajes escritos. También en su casa tienen estos platos en el rincón de los peluches, junto a la vitrina con la cristalería. Me prepara el cubo de la ducha y, con la ropa más limpia que tengo, salimos a cenar.

Su casa queda un poco retirada del pueblo pero no tanto como para no poder ir andando. Vamos esquivando charcos y saludando sombras que a veces tiene que iluminar con una linterna para reconocer. En el pueblo hay un ambiente relajado, también en el restaurante donde vamos, que es casi igual a su bar. Sólo hay un par de mesas ocupadas por comensales que miran la tele sin hablar. La camarera recoge los platos por una ventana donde trajina el cocinero. Los lleva a las mesas y después acerca jarras de agua, el cuenco de salsa picante, un bote de saborizante Maggi y otro grande de mayonesa que es el único que no deja en la mesa después de poner una cucharada en cada plato. En el menú hay: pollo, pescado, ternera y algo que debe ser alguna víscera, pero que no nos ponemos de acuerdo con cuál es. Estas cuatro cosas pueden ser simples (o sea, tal cual), con arroz o con plátano. Pollo con plátano para mí, por favor, le pido al cocinero que acaba de asomarse por la ventana. Teniendo en cuenta que es lo primero que como hoy y lo primero que no viene en una lata en días, está bastante bueno. Sobre todo el plátano, que además es abundante.

Jariel tiene 16 hermanos del mismo padre y diversas madres. Con algunos de ellos vamos al bar donde damos cuenta de una cerveza tras otra. Nadie es muy hablador en el grupo, además de que es bastante difícil oír nada que no sea la enervante música. Lo que no pueden evitar de ninguna manera es moverse a ritmo en las sillas, igual que un cliente solitario que no para de bailar con mucha gracia. Remilgado como soy, para mear voy al cubículo que hay fuera, al final de un camino de bloques que impiden que camines sobre barro. Cuando salgo, Jariel me espera fuera (¿preocupado?) y me informa de que he usado el baño de las chicas, que lo tienen más complicado, a nosotros nos basta con sacárnosla allí donde nos entran ganas y aliviarnos, aunque sea en la pared de mi bar. La noche acaba poco después, sentados en unas piedras detrás de la casa, hablando tan a gusto e intercambiando útiles para fumar. Yo pongo filtros, papel y un tabaco de pipa que llevo desde Namibia en la reserva para cuando no hay cigarrillos, como hoy; Jariel añade condimentos naturales.

He dormido como un tronco en el colchón que me han puesto en el suelo, frente al ventilador (aunque no haga calor). Jariel hace tortilla de queso y Nescafé y en el bar, aunque todavía está cerrado, ya hay un par de clientes con su cerveza (que se han debido de servir ellos mismos) una última Régab de 65 cl. para rematar un desayuno verdaderamente completo.

Pili, Amanda, Jariel y uno con resaca
Pili, Amanda, Jariel y uno con resaca

Un poco resacoso, sigo mi camino, que vuelve a ascender un poco y a estar rodeado de majestuoso follaje. Los controles policiales son muy frecuentes, pero sólo me detengo si me hacen señales claras, porque la mayoría de las veces están dentro de una caseta y dan un golpe de silbato y, a veces, me he parado como un tonto y no iba conmigo. Estando parado, también veo como la mayoría no hace ni caso de los pitidos del agente. Así que me paro dos o tres veces, sólo cuando me lo ordenan claramente. Todos son bastante serios y hacen muchas preguntas, pero solo uno de ellos me impide seguir. Hace que descargue la moto y que meta el equipaje en la garita. Por las preguntas parece que está de broma. Me pregunta por el oro y los diamantes que traigo del Congo. Me hace abrir la bolsa y le saco un rollo de papel higiénico con cara de fastidio. ¿Interesante, eh, agente? Sigue insistiendo en que saque más cosas. Como registro es más bien raro, porque él está al otro lado de la mesa y tampoco hace intención de mirar. Saco una bolsa que tiene varias cosas, unas gafas de repuesto, adaptadores de enchufe y cosas así. Pero también hay una bolsa de tabaco de pipa que le da juego a hacer chanzas que le sigo. Y lo más interesante que hay es un trozo de toalla. Entre chascarrillos, comenta lo mal que huele lo que he puesto sobre su mesa, que huele a humedad y, entonces, viendo su desagrado, saco mi arma secreta, mi ridícula venganza: la toalla azul, que verdaderamente apesta. ¡Y gané! Me dice asqueado que guarde todo y, abiertamente, me pide dinero. Con la superioridad que me da la reciente victoria, me niego a darle nada. Bueno sí, un cigarrillo sí, hombre. Aunque para este viaje no hacían falta estas alforjas.

Al día siguiente, entrando en Libreville, donde tengo que volver a la querida tarea de sacar visados, tengo un último encuentro con la Policía. El agente me da el alto, me da la bienvenida a Gabón y, con taconazo y saludo militar, me despide. Así. Y ya estoy en la ciudad otra vez. Han sido pocos días de capital a capital pero han sido realmente intensos. Me temo que ahora me espera otro tipo de intensidad, la idea es conseguir aquí los visados para los próximos cuatro o cinco países y, según dicen, el de Nigeria puede ser complicado. Veremos qué pasa. Se ha ido bastante dinero en Angola y tampoco esto parece barato. Por delante, días de gestiones y de espera, mucho más duro que pinchar en un Parque Nacional, pero necesario si quiero avanzar y consecuencia de viajar sin planificación.

Plural: 2 Comentarios Añadir valoración

  1. Dunia dice:

    A saber lo que ha pillado el mosquito!!!

  2. Paz dice:

    ¡Bravo! La gente te acoge y la policía no te saca los higadillos… eres capaz de desarmar al más pesado con una toalla.
    Te han llamado blanco africano porque no has querido ser un blanquito prepotente. Has visto seres humanos detrás de caras que, en principio no inspiran mucha tranquilidad. Hay una aventura más allá de la aventura de sumergiste en lo desconocido sin tener todo planificado y ordenado .
    Gracias por ser como eres, hijo.
    Un fuerte abrazo.
    Paz

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