12. Elige —más o menos— tu propia aventura

Por una cosa y por otra, he acabado en este camino. Sé que no estoy solo porque, de vez en cuando, hay cabras y, si hay cabras, hay masai y, aunque yo no le vea, él a mí sí. De pronto, el camino se ha dividido en muchos caminos más pequeños. Después de unos kilómetros, me doy cuenta de que elegir el más grande esta vez no ha funcionado y de que voy conduciendo de cara al Kilimanjaro (que sigue escondido detrás de las nubes) cuando debería estar a mi espalda. Pero, además de para hacer unos kilómetros extra, para lo que me sirve esta mala decisión es para encontrarme cara a cara con un grupo de cebras que están a la vuelta de un montículo. Siete cebras, una cría y yo, allí, en medio de la nada.

Al final, he decidido meterme en el callejón sin salida, hacer la ruta más larga evitando la carretera y la ciudad. Es el tercer día seguido de moto sin pisar apenas asfalto y empiezo a notar dolores y cansancio, pero estoy contento de haber elegido este camino. Poco después del encuentro con las cebras, veo el primer poblado masai de chozas de barro circulares, rodeadas también en círculo por una barrera de palos y ramas y, un poco más allá, encuentro un grupo de jirafas que me miran curiosas. Estoy cruzando en diagonal hacia el noroeste, por encima del Parque Nacional de Arusha, en dirección a Longido y, a cada bache, se vuelve más interesante.

Una vez que alcanzo Longido, a los pies de la montaña de casi 2.700 m del mismo nombre, el camino vuelve a ganar altitud y el paisaje, de nuevo, se vuelve montañoso y verde y se nota el paso reciente de la lluvia. La pista es buena, de tierra dura, con algún tramo con charcos profundos y barro y algún vadeo que, sin ser complicado, añade interés. Hay pájaros multicolores, otras aves que parecen perdices, otras con crestas y colas de colores y pequeños mamíferos que cruzan la pista y, de nuevo, antílopes (gacelas, creo), mucho más pequeños que los que ya había visto. Y estamos Pili y yo. Y, muy de vez en cuando, un masai con vacas o cabras que se hace a un lado cuando me oye y que, a veces, se esconde cuando me ve. Y más poblados masai.

Es buena hora cuando llego a los pies del volcán Kitumbeine donde, según mi guía, hay un pueblo y un camping. Paro a preguntar a un chico que hay frente a un edificio oficial. Él no sabe dónde está pero me invita a que pregunte dentro. Hay 6 o 7 personas dentro, dos con camisas de colores chillonas, el resto, masais. Los de las camisas chillonas están detrás de una mesa grande y el resto al otro lado, en sillas de colegio. Resulta ser un consejo de personalidades de la zona. Camisa chillona 1 es gordo como persona y como pez, ya que es el presidente, al que le tengo que explicar quién, dónde, cómo, por qué, soy y qué ando buscando. Se lo explico pidiendo perdón por la interrupción, pero aunque seco, no parece molesto y, mientras hablamos, Camisa chillona 2, que parece ser una especie de Smithers, ya ha pedido a alguien por teléfono que venga a buscarme y me dice que vuelva a esperar fuera.

El consejo popular decide ahí dentro sí darme cobijo
El consejo popular decide ahí dentro sí darme cobijo

Al cabo de unos minutos, aparece un masai sobre una piki piki, como la mía pero ya tuneada, que me lleva a la zona de acampada, que no es nada más que una arboleda con una letrina roñosa, por lo que pide 10 dólares. Por 20, tengo una habitación en el pueblo con desayuno. Es caro, pero no hay otra opción y no me viene mal una cama y un baño en buen estado, aunque vuelve a no ser sitio para quedarse. Y, ya puestos, una cena que consiste en ugali (una especie de gachas de maíz) completamente soso pero que combina muy bien con una especie de refrito de espinacas y zanahoria, muy sabroso. De postre, naranjas y piña. La habitación es cara, la cena barata y, mientras ceno, un chico (otro diferente a los tres con los que he tratado ya) me ha limpiado a Pili. Es así, uno te lleva, pagas a otro, un tercero te acompaña a la habitación, luego no vuelves a ver a ninguno de esos y, para la cena, te sirve un cuarto, sin contar a las que limpian, las que cocinan y al jefe, que lo habrá. Y, sin embargo, cuando buscas a alguien que te abra la puerta de la calle que está cerrada con candado, allí no hay nadie.

Con Pili reluciente volvemos a la pista, que se va abriendo hacia el valle plagado de volcanes. Vuelve a haber montones de cebras y algún ñu. La pista, ahora, es pedregosa y bacheada. Me toca decidir de nuevo. Puedo elegir entre agotar la pista que va hacia el norte hasta que no pueda continuar o empezar a bajar, para bordear el área del Ngorongoro y el Serengueti.

Sé que seguro no puedo cruzar el Serengueti, que sería lo que me gustaría hacer y el mejor camino hacia el lago Victoria, pero veo que cerca del cruce donde tengo que elegir hay una puerta donde hay que pagar y decido ir allí a preguntar. Poco antes de la puerta, hay dos piki piki a un lado del camino que han pinchado. Son cuatro personas para dos motos y veo que ya están reparándolas. Aún así, uno me para a pedir ayuda. Le presto los desmontables y la bomba y me alegro de estrenarlos con una moto que no sea la mía. Presto atención a lo que hacen, por si me toca hacerlo a mí más adelante y mientras charlamos el que me ha parado y yo. Los otros están a lo suyo. Este tío con cazadora de cuero, vaqueros y deportivas, viene de lejos en la misma moto con un masai con polo negro, pantalón milrayas brillante y mocasines bicolores. Vienen en busca de piedras brillantes que compran a los masais para luego comerciar con ellas. Dice que es un buen negocio. También dice que puedo cruzar en moto el Serengueti y se ofrece a ayudarme a cruzar las puertas que hay en el camino, que no tienen que ver con el parque nacional pero que cobran a los turistas por el uso de la pista.

La primera puerta es una barrera y una cabaña donde hay un par de tipos. Mi escolta habla con ellos durante un rato y arregla una rebaja considerable. Yo sólo quería preguntar pero pago, paso y a ver qué pasa luego. Antes de llegar a una segunda puerta, me para para explicarme el plan, que se basa en algunas mentiras como que vengo de Arusha, donde vivo, y que voy camino de Mwanza a no sé sabe qué, pero que, en cualquier caso, no voy a volver por allí. No me hace mucha gracia, pero estoy entre las dos puertas y, si ha contado lo mismo en la anterior, es mejor seguir. Esta segunda puerta es más cara, creo que no ha conseguido rebaja porque el tipo me hace un recibo y todo. En fin, sigamos.

Poco después, llegamos a un pueblo, donde nos despedimos. Me he dejado liar y voy a ver si ahora puedo seguir, pero todavía tengo que llegar hasta la entrada del parque, que está aún bastante lejos. Bordeo parte del lago Natron y, de nuevo, abandono el valle volcánico para ascender por unas laderas semiboscosas. Según la guía, tengo dos opciones de acampada en este camino: una en el último pueblo importante antes del parque y otra, ya a las puertas del parque. En el pueblo, me para la policía. Mis explicaciones de quién, de dónde, a dónde, cómo y por qué, le hacen reír y ni siquiera se interesa por documentación (supongo que llevarla visible también ayuda) pero dice que allí no hay ninguna zona de acampada, lo que me deja la segunda opción como única alternativa, a más de una hora de camino. La tarde avanza y yo también, por una pista increíble, esperando que el Buffalo Luxury Camp haga honor a su nombre y yo pueda pasar unos días por allí haciendo de turista y conduciendo hasta donde me dejen.

Cuando llego al lugar, desviándome de la pista por un pequeño y divertido camino y habiéndome cruzado montones de gacelas y aves extrañísimas, veo que, aparentemente, hace honor a su nombre. La recepción tiene un porche con grandes sillones de piel, los edificios son buenas construcciones y todo parece muy cuidado. No es el tipo de sitio que me atraiga en principio, más bien al contrario, pero no voy a negar que me parezca un regalo después de unos días duros. Seguro que aquí puedo descansar y lavar la ropa, cosa que no he hecho desde que estaba en la costa.

Me armo de paciencia para contar la historia por enésima vez al masai uniformado con forro polar y pantalones de explorador. Me hace esperar en los sillones mientras va en busca del mánager. Cuando aparece, resulta ser una muzungu con frenillo, de formas correctas, pero que no muestra la más mínima empatía. Me dice que aquello no es un camping y que, aunque lo fuera, está cerrado. Aunque, prácticamente, está anocheciendo y yo le explico que sólo necesito un sitio donde poner la tienda, me manda muy educadamente al cuerno de rinoceronte y me sugiere que pruebe en un pueblo por el que he debido de pasar hace una media hora y que, aunque a mí no me lo ha parecido, asegura que es turístico y que no me costará encontrar un sitio. Me arrepiento de haber querido caer en la trampa del luxury.

Me voy por donde he venido y, esta vez, le pido a Pili un poco de acción. No quiero que se me haga de noche sin tener dónde dormir. Como a la ida, el pueblo que me dijo la pija no parece que tenga nada de lo que necesito y, antes de ponerme a dar vueltas, pregunto a un chico que está en la carretera. Me acompaña hasta un motel con varios camiones aparcados delante, un bar con su barra enrejada, sus masais sedientos de ginebra y un puesto de comida. Todo está dispuesto al borde de la carretera, pero de manera que es invisible desde allí. Mi acompañante vuelve a interceder por mí en una tienda, en el bar y en el puesto de comida. Empiezo a estar harto de que traten de solucionarme la vida sin contar conmigo, todo para el pueblo pero sin el pueblo. Las conversaciones de intermediación son largas y, cuando pides aclaraciones, lo solventan con un no problem. Me da igual si hay o no hay problema, sólo quiero saber qué está pasando.

No me queda otra que aceptar ese agujero de colcha rosa brillante y funda de almohada de ositos como mi cama para esa noche. Mi intermediario está pegado a mí como una lapa y se empeña en organizarme la vida, siendo más molesto que otra cosa. No tengo miedo y estoy tranquilo, pero no descarto que este no sea el lugar más seguro del mundo para mí y creo que tener a este tío pegado a mí me convierte en muzungu pringao, en víctima en potencia. Alguien me da la llave de la habitación que me ha enseñado una chica. Mientras acerco la moto a la puerta, se me acerca otra con el rollo de la soda para ella. El pesado del intermediario se empeña en dibujar en el suelo un plan rocambolesco para cruzar el parque en piki piki, que supone cruzar a Kenia o pagar un buen montón de dólares para cargar la moto en un camión. Esto atrae la atención de otra gente que anda por allí y que me vale para deshacerme por un momento del pesado y confirmar con masais y conductores de jeeps que efectivamente no se puede cruzar en piki piki.

Croquis. Que lo compre el que lo entienda
Croquis. Que lo compre el que lo entienda

Creo que el chico palizas me quiere hacer de cicerone. Le invito a cenar chipsis en el puesto, una especie de tortilla de patatas fritas que baño en salsa de chile que prepara la desganada chica que me ha enseñado la habitación. Palizas no quiere pero se queda sentado a mi lado. Sólo cuando estoy acabando, veo que le pide una a la chica y, mientras la engulle, me voy a la calle a fumar. Pago por todo y voy al bar a buscar agua, con ladilla palizas como sombra. De verdad, estoy harto, no le gusta que hable con el masai que me entra en el bar mientras espero mi cambio. Ladilla celosa y palizas me pregunta qué quiero hacer ahora y mañana y el mes que viene… le digo que me voy a la cama y que mañana seguiré camino, a las 10. Todavía me acompaña hasta la puerta y pone la moto tan pegada a ella que casi no puedo ni entrar.

Estoy cansado física y mentalmente, el agujero se convierte en un refugio. Se oye la tele del bar y, en un momento de surrealismo, suena Girls, de Death in Vegas, que aparecía en la banda sonora de Lost in Translation, lo que me resulta más inquietante que los golpes y las voces que se oyen a través de las paredes. Me duermo, mañana será otro día.

Plural: 4 Comentarios Añadir valoración

  1. Paz dice:

    La pequeña Pili se está portando . Disfruto leyendo tus ratos de camino sobre ella. Me vienen a la cabeza tus fabulosas motos dibujadas cuando eras niño…¡Viva la Pili!

  2. Jaime dice:

    Que suerte,envidia y valiente libertad!! Bravo Joaquin!!!

  3. PILAR CIRUJANO MARIN dice:

    como en la vida, elegir… y elegir… maravilloso viaje a través de tus ojos. Besos

  4. Javier dice:

    felices sueños Ioaquin.!!
    mañana el plasta, habrá desaparecido
    Salud.
    Buen viaje

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