08. Bagamoyo-Pangani

¡Clin, clon, clan! Acabo de dejar la carretera asfaltada y, apenas he rodado unos metros por la primera pista que esperaba con ganas, cuando la palanca de cambios se sale de su sitio para quedarse tendida en la carretera. Debe de haber algo mal con mi pierna izquierda, con La Milana ya tuve el mismo problema. Coloco de nuevo la palanca en su sitio pero sin poder apretarla. En esta moto la palanca es doble: pisando con la puntera hacia abajo, subes de marcha y con el tacón, reduces. Cada extremo se une con una gran pletina que, pegando bien el pie, me permite controlar que no vuelva a salirse.

De nuevo en marcha, me adelanta un señor en piki piki china, tipo Custom y con muchos tiros pegados. Me saluda sonriente y cambiamos cuatro palabras a gritos mientras se aleja. Más adelante, en un cruce, está parado y me hace señas para que me detenga. No creo que sepas muy bien dónde vas. —Me dice. Si no estoy equivocado, siguiendo esta pista llego a Bagamoyo. Me confirma que es así, pero antes me invita a tomar el otro camino. Una señal indica FETA y tomamos esa dirección. Llegamos a unas instalaciones con puerta y vigilante y, delante del primer edificio, a la sombra de un árbol, me explica que aquello es una escuela de pesca financiada con fondos noruegos y que él es técnico de mantenimiento desde hace 10 años y, sobre todo, el pastor evangelista de esa comunidad.

El edificio resulta ser la cantina y, sin darme opción, me pide un Sprite y un plato de arroz con carne y judías. No he comido nada en todo el día, así que me parece bien. Estoy bastante cerca de Bagamoyo y es pronto. Sé que hay camping, así que no tengo prisa por llegar. En la cantina, hay algunos chicos mirando un televisor enjaulado donde los tertulianos hablan de fútbol. Henry Ngima cruza cuatro palabras con ellos pero permanece callado, a mi lado, mientras como. El tono que usa con los chicos y con la mujer que me ha traído la comida es bastante seco y se nota claramente que infunde respeto.

La sobremesa es de nuevo bajo el árbol. Me habla de pesca y de Dios, de cómo llegó hasta allí desde su Iringa natal, en el interior de Tanzania. También, hablamos de mi viaje y del país y defiende con vehemencia que, el mal llamado océano Índico —pues India está muy lejos—, se llama simplemente Esti Ocean, océano del este, vaya.

Me deja solo un rato, que aprovecho para tratar de apretar la palanca de cambio. Imposible, por lo inaccesible con la poca herramienta que llevo. Cuando vuelve, al verme trasteando, trata de ayudarme. Quiere ver con sus propios ojos que no tengo herramienta para eso. Quiere montar en la moto y ver si funciona. De nada vale mi palabra, su fe es para Dios, no para el muzungu.

Es hora de buscar casa y se ofrece a acompañarme y llevarme hasta el mecánico, pero no tiene ni gasolina ni dinero. No me hace falta, no sé qué le hace pensar que no puedo hacerlo solo, pero qué más da, he comido y bebido por un euro y he pasado un buen rato. Vamos a Bagamoyo y te pago la ronda de gasolina. Es comedido y solo echa un par de euros, lo que confirma que no me está chuleando.

Casi me cuesta seguirle por la pista y no quiero correr tanto en pleno rodaje. Va como loco haciéndome señas todo el rato para indicar obstáculos, vistas y otras cosas que no entiendo. Se gana, a golpe de gas, el apodo de Padre Culatas.

Tras pasar por la gasolinera y el mecánico, nos despedimos y busco mi camping. La palanca tiene algo de holgura pero no parece que vaya a salirse. Pili llama la atención a todos los chicos que hay por el taller (taller del tipo del de Mr. Vuai). Es el nuevo modelo de Boxer y es la primera que ven. En realidad, sólo se diferencia del anterior en los colores, el guardabarros delantero alto y los neumáticos mixtos, pero claro, es la novedad.

Al día siguiente, aprovecho para deshacerme de parte del equipaje que me sobra y buscar un herrero que corte en dos el desmontable de neumáticos que conseguí en Dar es-Salaam y que es enorme. Bagamoyo está en la costa y todavía es un sitio bastante turístico, pero es bastante pequeño y tranquilo y, de momento, nadie me quiere vender nada que yo no quiera comprar. Por la tarde, voy a ver a Padre Culatas, que ayer me llamó para ver si había llegado bien, y luego me envió un SMS con algún asunto eclesiástico. Espero no haberme convertido sin querer.

Estoy sin batería en el teléfono así que me presento en las instalaciones de FETA y pregunto por él como puedo. Después de un rato, aparece y vamos a dar una vuelta con las motos. Me enseña el muelle y el club social para los empleados en una pequeña cala. Ya está en desuso porque el Gobierno no quiere mantenerlo, pero debió de ser un gran sitio cuando funcionaba. El terreno es enorme, como varias aldeas dedicadas a casas de trabajadores, de estudiantes, aulas y astillero propio.

Pasando por las piscinas de alevines, llegamos hasta su casa. Son buenas construcciones pero en los diez años le ha dado tiempo a acumular basura y construir un corral cochambroso. En el salón de su casa hay tres grandes sofás y una mesa baja que no está alineada con nada. Su mujer anda por allí. Aunque desdentada, parece muy joven y es guapa. Lleva una blusa de raso rojo tan brillante como los colores de los pósters de tema religioso que cuelgan de las paredes. A una orden de Padre Culatas, nos saca un par de Coca-Colas y un barreño de mangos, que chupamos, sorbemos y libamos a la sombra.

Declino, lo más educadamente que puedo, su oferta de asistir al culto y, mientras se cambia de ropa para el oficio, hablo con su hijo pequeño, Ibrahim, que acaba de llegar del colegio. Espantamos cabras a pedradas y hablamos de su mochila del Barça. Levantamos una lata llena de cemento para ver quién es más fuerte y recogemos las botellas vacías y los restos de mango que han quedado por el suelo. Hablando de las motos, veo que la de Padre Culatas no tiene frenos, ni pipa en la bujía, ni dibujo en los neumáticos. Con suerte, le queda algo de la gasolina que pusimos ayer.

Henry sale de casa hecho un pincel. Antes de subirse a la moto, la sacude con un paño y, enseguida, conducimos por un terraplén en dirección a la iglesia. Cerca de la entrada principal de FETA, la despedida es rápida. Con el sol bajando rápidamente, tomo el camino de vuelta al camping, contento de haber tenido este encuentro el primer día del viaje, entendiendo que tengo que dejarme llevar y adaptarme a una forma de viajar nueva para mí.

Otra vez rodando, dirección norte por la pista que discurre paralela a la costa, hacia el Parque Nacional de Saadani. Pili está preciosa con su flamante capa de polvo. Se muestra ágil cuando, adelantados por un todoterreno que pasa demasiado cerca, nos vamos a la arena de la cuneta, suelta y profunda, pero de la que salimos sin problemas.

Cerca del Parque hay una barrera de entrada. Los dos chicos que la flanquean tienen fusiles y uniforme que parece militar. Son funcionarios del Parque y resultan muy simpáticos, pero todavía no estoy acostumbrado a esta presencia de armas ni a las boinas ladeadas. Me indican que tengo que dirigirme a la oficina de turismo y pagar allí la tasa que da derecho a cruzar por el Parque. La única diferencia, cruzada la barrera, es que desaparecen las vacas, los pastores y las casas que aparecían, de vez en cuando, a los lados de la pista.

El pago de 35 dólares con tarjeta por hacer los pocos kilómetros de mi ruta que pasan por el Parque me parece demasiado, así que decido meterme por los caminos que se internan y ver qué hay. Empiezo por uno bastante ancho que acaba siendo otro de los caminos de acceso que acaba en barrera. En esta no hay fusiles, pero hay un funcionario trajeado que quiere cobrarme de nuevo. Como tengo mis papeles no hay más problema pero cuando le pregunto si desde allí puedo conectar con la pista que va hacia el norte por los caminos que atraviesan el Parque, me dice que ni se me ocurra, que hay búfalos y elefantes que pueden ser muy peligrosos.

No he visto que nadie controle la circulación dentro del Parque, y me está permitido conducir por allí aunque no me lo recomienden. Intento valorar el consejo del funcionario, no quiero caer en la soberbia y llevarme un trompazo o algo peor, pero la baza del peligro puede ser la manera de venderme un safari. Me adentro en el Parque.

Con que búfalos, ¿eh?
Con que búfalos, ¿eh?

Quiero y no quiero ver animales, estoy excitado a más no poder. El camino está en buenas condiciones y hay mojones en los cruces que indican las distintas direcciones. Algunos tramos están despejados y el paisaje es amplio. En los que corren entre árboles y arbustos se me pone la carne de gallina. Al salir de uno de estos tramos, me topo con un pozo seco. ¡Hay monos y antílopes! De acuerdo, que no son leones, ni elefantes, ni jirafas, pero verlos allí, estando solo, me resulta emocionante. Un poco más adelante, vuelvo a ver antílopes. Está vez, salen corriendo desde el borde del camino, justo cuando paso a su altura. Son bastante grandes y los músculos de las patas traseras parecen poderosos. No estaban escondidos pero no los he visto hasta estar encima. Su color grisáceo parduzco los confunde con la tierra y los troncos.

Me acerco al cruce con la pista principal. No he visto gran cosa pero ha merecido la pena. En el último tramo recto, a lo lejos, veo cómo algo cruza el camino. Mi vista de octogenario no me ayuda a distinguir de qué se trata. Es uno de los tramos, jalonado de vegetación, por lo que la opción de dar la vuelta es complicada. El viento sopla en mi contra y me imagino a los felinos oliéndome, mientras se relamen los bigotes. Me acerco, poco a poco, y nuevas sombras cruzan el camino. Tengo ganas de tocar el claxon, ¡que se quiten! Menudo viajero de zoológico… pero el miedo es así. Me visualizo siendo arrollado por uno de esos gigantes antílopes, porque ellos también tienen miedo y salen corriendo en cuanto pueden, así que trato de callarme e ir despacio y atento. Cuando llego a la altura de lo que fueron sombras borrosas, veo más monos y más antílopes y tengo los pelos de punta y la sonrisa en la cara.

Llego a la pista. Me encantaría haber visto jirafas y elefantes, que ni siquiera sé si habrá por aquí en esta época pero, como primera toma de contacto, ha estado bien.

A 50 km/h voy avanzando bien. Todavía es pronto y no tardo en cruzar la barrera de salida, donde entrego el permiso. Vuelven las vacas y alguna pequeña población. Después de un pequeño repecho, aparece Pangani. La vista del estuario, el océano, el pueblo y las palmeras merece una parada y un buen trago de agua caliente. Una barcaza me cruza al otro lado y sé que el camping que busco no anda muy lejos.

Han sido 150 km estupendos. Pili perfecta, toda la gente con la que he tratado amigable y simpática, bonitos paisajes y emociones. Tengo un sitio a pie de la playa para la tienda y cerveza fría en el bar. Me quedaré un par de noches por aquí.

Casa
Casa

Plural: 5 Comentarios Añadir valoración

  1. Jorgina dice:

    Joaquin ¡Que bien lo pasamos con tus crónicas¡
    De alguna manera viajamos contigo

  2. Javier dice:

    Muy emocionante Ioaquin, he pasado cangelo hasta yo, con el asunto de las fieras, coño!!
    Buen viaje

  3. Dunia dice:

    Anda que tener tan cerca la palabra del señor y no convertirse de inmediato…. Y yo que pensaba que le ibas a dedicar alguna versión de «Perdona a tu pueblo señor» .
    Joaquincillo, qué alegría leer tus historias! Desde que estás allí no llevo libro en el bolso cuando salgo de casa ????

  4. Joakín Labayen dice:

    Joakintxo,eres unmuy buen viajero y un excelente narrador . Sigo tus relatos con fruición y me están encantando ( a Mariaje también ). ¡ Salud,suerte y muy buen viaje !

    Joakín.

    1. Oh My Bread! dice:

      Gracias Joakín, siempre tengo en la cabeza «ondo pasa eta gutxi gasta».

      Me alegra que os guste.

      Muxus

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.